Conocí a Tinuca hace tres años. Compartimos tiempo y vivencias. Tinuca es una mujer fina, sencilla e inteligente. Un día, me enteré de que su hija es periodista en Madrid. Pero no le di mayor importancia. Hace unos meses, me dijo que esa misma hija había escrito un libro, pero tampoco le di mayor importancia. Mucha gente escribe libros, muchos tipos de libros (Quizás había también una punzada de envidia. La hija de Tinuca ha escrito un libro y yo no).
Pues resulta que el libro de la hija de Tinuca no es un libro cualquiera. Es el libro de Esther L. Calderón (el apellido de su madre): una escritora buenísima.
Siempre tengo distintos frutos secos en mi casa, menos pipas, porque, cuando empiezo a comerlas, no puedo parar. Pipas me atrapó y no podía dejar de pasar sus páginas. Crick crack. Leer Pipas me ha generado también la urgencia de escribir para contarlo.
Sin embargo, la novela tiene un ritmo pausado, que ayuda a ir en orden de una parte a otra. Porque, esa es una de sus claves, está muy bien construida.
Es un caramelo con relleno.
Una narración rellena.
De ensayo sociológico y filosófico.
Cuando la historia de la pandilla de Mada, (que se reunía en un banco de Maliaño, en la periferia de Santander, a comer pipas) ha cogido ritmo, se deslizan reflexiones sobre lo rural, la ciudad, la construcción de la clase media y del estado de bienestar. Los abuelos y los padres de esta primera generación nacida en democracia construyeron un sistema para que sus nietos e hijos pudieran trabajar sentaos. Todo. Lo estrenaron todo: las escuelas, los institutos, las becas, las universidades, los Erasmus... A través de la historia, en especial de sus abuelos, nos explica cómo estos trasladaron sus expectativas a la juventud venidera que, cuarenta años después, se encuentra con que la imagen que construyeron del futuro no se parece al presente."Se nos pidió que fuésemos otros sin dejar de ser los que éramos. De modo que así andamos ahora que se ha roto la burbuja de las imágenes. Estupefactos y con las manos hacia arriba, sin saber qué hacer con la pipa que se nos ha quedado en la garganta. Ansiosos y tristes. A vueltas con la cuestión de clase. Sorprendidos por el abismo que queda, al cabo de los años, entre nuestra imagen y la realidad."
Abundan las imágenes y sentencias brillantes sobre muchos y diversos temas a lo largo de sus páginas. Hay incluso un manual breve genial del arte de hacer entrevistas, y otro de feminismo. Porque otra clave del libro es la creación de un estilo propio. Maravilla la manera en que hila las ideas y las convierte en poesía. La manera en que suelta una hebra para recogerla líneas, páginas o capítulos después y cerrar el bordado. Es precioso el capítulo 21, "La vida de otra", y la idea de la crema de manos. La manera en que empatiza con cada personaje. La manera sutil en que afloran las emociones. Es un regalo para la sensibilidad y la inteligencia.
Regalo. Sensibilidad. Inteligencia.
Estructura. Estilo. Sensibilidad. Historia.
La historia.
La historia de la Mada que se quiere ir, y que se va (con las latas de tomate frito y de espárragos unidas con cuerdas al trasero), pero no se va, y que vuelve. ¡Cosas pasadme!
La historia de un triángulo de amor con final amargo pero que se convierte en refugio.
La historia de una pandilla que comía pipas. "Cada uno comía pipas a su manera y hacía lo que podía. Estaba el carácter y estaban las circunstancias, y cada uno hacía lo que podía con lo que tenía y comía sus pipas junto con los otros."
La historia de la periferia.
La historia de muchas otras cosas que no puedo reflejar al completo en estas líneas.
Está disponible en la aplicación de las bibliotecas públicas (eBilblio). La novela se ha adaptado a una serie que se puede ver en Prime Video. Yo aún no la he visto, pero creo que merece la pena leer antes el libro, que es una delicia.
Cuenta la historia de Alice, una niña que crece junto a un padre maltratador (“estar con él era como estar a la intemperie durante una tormenta y vigilar constantemente el cielo””). Su madre (Agnes) es la principal víctima de dicha violencia. En el jardín, Agnes se transforma en una persona luminosa que guarda flores en los bolsillos. Allí, Alice se inicia en el amor por las flores, y por los libros, “porque las descripciones de Agnes le habían hecho imaginar que una biblioteca debía de ser como un silencioso jardín de libros donde las historias crecían igual que las flores.” Muchos días, su madre no puede atender a Alice; se queda en la cama, en la habitación, con las cortinas echadas, “como si su alma se hubiera marchado a un lugar completamente distinto.”
A los nueve años, descubre que tiene una abuela, June, que dirige una plantación de flores (lejos del océano donde Alice se crió) en la que acoge a mujeres que atraviesan circunstancias complicadas. Ellas tejerán una red en torno a Alice y le darán el hogar seguro que nunca tuvo. Además, le enseñarán el lenguaje de las flores: “A veces, todas necesitaban silencio, y esa era la magia de Thornfield: un lugar donde podías expresar las cosas que no podías decir con palabras.”
Sin embargo, a los veintiséis años, un nuevo golpe la empuja a huir lejos de la granja. En el desierto, conocerá a un hombre cuya atracción será fatal. A pesar de que alguien le advierte de que “con él no estará más segura que la niña del cuento de hadas que se adentra en un bosque oscuro”, Alice cae en la tela de araña de sus encantos.
Se trata de una historia dura, pero no macabra, llena de poesía. Alice es un personaje muy especial, vulnerable, lleno de sensibilidad, como la amplia galería de mujeres que la acompañan a lo largo de la novela. La lectura nos guía por sus recuerdos, por sus alegrías y por su profunda tristeza; por sus sueños de llamas feroces; por los secretos de su familia y por su empeño de construir una vida con todo lo que ha vivido, con todo lo que sabe, y, también, con todo lo que no sabe. De fondo, las tierras lejanas de Australia cuyo impresionante paisaje se convierte en un personaje más del libro.
Las flores perdidas de Alice Hart es la primera novela de su autora y recibió el premio ABIA en 2019. Desde entonces, se ha convertido en un bestseller en todo el mundo.
En 1923, Mustafá Kemal Atatürk proclamó en Turquía una república de inspiración occidental. El islamismo dejó de ser religión de estado y se tomaron medidas como abolir la poligamia, prohibir el uso del fez, y otorgar a la mujer derechos fundamentales como el del voto, el de tener propiedades o ejercer carreras judiciales y políticas. En 1960, se prohibió el velo por primera vez a una alumna que lo llevaba en una universidad. En 1997, la prohibición, que hasta entonces existía más bien en teoría, comenzó a ser aplicada de manera estricta. El sector público turco prohibió a las funcionarias utilizar pañuelos en la cabeza (en la actualidad, se ven mujeres policías jóvenes con sus cabezas y cuellos cubiertos por debajo de la gorra del uniforme).
Con el paso del tiempo, el velo representaba para los sectores más laicos de la sociedad turca, una amenaza a los principios fundamentales del estado establecidos por Atatürk, que los podría dejar expuestos a la islamización.
Tras una época de crisis económica y falta de liderazgo político, en 2002, El Partido Islámico de la Justicia y el Desarrollo (AKP) consiguió una aplastante victoria en las elecciones. Recep Tayyip Erdogan fue nombrado primer ministro del país; su mandato dura ya veinte años.
Cuenta la escritora de origen turco Elif Batuman que, con el triunfo de Erdogan, de repente, se presentó a la gente laica como racista y autoritaria por haber reprimido y negado la libertad religiosa durtante tanto tiempo. El perfil antidemocrático de Erdogan se desveló después de las protestas de Gezi de 2013; salieron a la luz acusaciones de corrupción y tácticas represivas con periodistas y partidos de la oposición.
Las mujeres que se cubrían la cabeza en Turquía solían hacerlo con un simple pañuelo; sin embargo, en los últimos años, se ha introducido el uso del hijab a la manera islámica, e incluso del chador y del niqab. En algunos casos, el motivo puede ser favorecer los negocios de la familia con gente conservadora que gusta de ese estilo de vida. Una parte de la ciudadanía turca ve con dolor y preocupación que el presidente Erdogan conduzca al país hacia una república islámica, como la de Afganistán o Irán, en la que se invisibiliza a la mujer. Algunos hombres y mujeres sienten rechazo a los continuos cánticos en árabe desde los minaretes (que nadie entiende) o a la separación de hombres y mujeres en el interior de las mezquitas. Grupos religiosos fundamentalistas financian la política del presidente, crean escuelas para la población y le ofrecen ayudas, lo que da lugar a escenas que nunca antes se habían visto en Turquía: grupos numerosos de hombres con barba y ropa al estilo islámico, cuyas mujeres esperan discretamente lejos de ellos ocultando sus cuerpos y sus rostros bajo pesadas prendas en pleno verano.
En la zona turística de Estambul, abundan las mujeres musulmanas procedentes de otros países que cubren sus cabezas y sus cuerpos de forma llamativa, dejando apenas la cara o los ojos a la vista, y, en algún caso aislado, ni un milímetro de cuerpo. En las playas de la costa, mujeres con burkini se bañan, o cuidan de sus hijos mientras el resto de la familia disfruta de los rayos del sol y el agua salada en sus cuerpos libres de ropa.
Hay mujeres que defienden su libertad para usar el pañuelo. Benli, denuncia los obstáculos que encontraban las mujeres que cubrían la cabeza en el mundo académico y profesional. "Como no pude defender mi tesis frente a un jurado tuve que dejar la universidad. Me convertí en abogada, y aunque tengo mi propio bufete todavía no puedo acudir a mis juicios, o utilizar mis derechos ante la Justicia como cualquier persona normal". Se habla incluso de un feminismo islámico.
La periodista Amanda Figueras (española convertida al Islam) defiende su uso como un ejercicio de libertad: “Prohibir el velo es igual que obligar a ponérselo. Estamos quitando libertad a las mujeres para hacer lo que quieran.”
Sin embargo, Najat El Hachmi, periodista española que sabe bien lo que es criarse en un entorno musulmán, tiene claro que el velo es una prisión ambulante, un símbolo de control sobre el cuerpo y la sexualidad de la mujer en un sistema de normas que oprimen a la mujer musulmana. Para ella el Islam nunca fue feminista ni nunca lo será: “El peligro es que muchas chicas muy jóvenes están comprando ese discurso, están creciendo con él. Y lo más eficaz para perpetuar las injusticias y la discriminación es negarlas.”
No se puede saber si esas mujeres que se esconden debajo de capas de ropa son felices; algunas a quienes se les puede ver la cara lo parecen, pero duele pensar que ese es el futuro que espera a sus hijas pequeñas, que corren y juegan libres sin esas ataduras. Permítase que dudemos de que cuando les llegue el momento de taparse lo escojan con libertad.
Se ha escrito y hablado mucho en el último mes sobre el llamado “caso Rubiales” desde que la selección femenina de fútbol ganara el Mundial el pasado 20 de agosto.
El suceso ha sido la punta del iceberg de la violencia estructural que las mujeres viven en el deporte en general, y en el fútbol en particular. El entrenador actual, Jorge Vilda, llegó a la selección en 2015 para ocupar el puesto de Ignacio Quereda, que la dirigió desde 1988 hasta el Mundial de Canadá, cuando las 23 jugadoras pidieron su dimisión por medio de una carta abierta en la que denunciaban sus métodos “arcaicos” y la falta de preparación. Unas acusaciones que en 2022 se repitieron contra el propio Vilda.
El documental Romper el silencio de Movistar cuenta que España llegó a estar 16 años sin acudir a competiciones internacionales y su mejor clasificación FIFA fue una 14ª plaza. Quereda se mantuvo en el cargo a pesar de las quejas de las jugadoras y de Mª Teresa Andreu, la presidenta del fútbol femenino, gracias a la connivencia de la Real Federación Española de Fútbol y de Ángel María Villar. No interesaba que el equipo femenino prosperara y no se ponían a su disposición los medios físicos y técnicos necesarios. En 2015, acudieron al Mundial sin conocer a sus adversarias y sufrieron la humillación pública de la derrota y del entrenador; cuando Vicky Losada cometió un error en un partido, le dijo que era una jugadora mediocre y que nunca llegaría a nada en la vida. En las imágenes del momento, a la jugadora, se le saltan las lágrimas mientras Quereda se inclina intimidatoriamente hacia ella y le habla con dureza.
La periodista Danae Boronat conoció esta historia porque quería escribir un libro sobre las futbolistas y cuando les preguntaba por su paso por la selección, se encontraba, en todos los casos, con la sorpresa de que, lejos de haber sido un episodio memorable de sus carreras, se había convertido en algo traumático. En el documental, se puede ver cómo Quereda agarra a algunas jugadoras de la cara o de la oreja hasta provocarles dolor.
En 2022, quince futbolistas volvieron a hacer una denuncia pública, esta vez contra Jorge Vilda. Pedían un cambio antes del Mundial de Australia 2023 a causa de unos entrenamientos por debajo de sus capacidades, de las lesiones provocadas por la mala práctica del entrenador y del mal ambiente del vestuario.
La respuesta de la federación puso en entredicho a las jugadoras y declaró que no iba a permitir que cuestionaran la continuidad del seleccionador nacional y de su cuerpo técnico, ni iba a admitir ningún presión por parte de ninguna de ellas porque ese tipo de maniobras se encontraban alejadas de la ejemplaridad, fuera de los valores del fútbol y del deporte y eran nocivas.
Quizás a la luz de estos acontecimientos, se explique el espectáculo bochornoso que están dando tanto el presidente actual de la Federación como su entorno. Ojalá sirva para cambiar el funcionamiento interno de este organismo con la selección femenina y darles un trato a la altura de la excelencia que han demostrado al declararse campeonAs del mundo. Sí, con A mayúscula, porque masculino genérico tenemos de sobra en todos los sentidos, ¡anda ya!. Cuánto molesta un femenino cuando se lleva toda la vida hablando de nosotras en masculino... Es para mirárselo.
Se pueden ver casi treinta minutos de Romper el silencio en el siguiente enlace:
Otro documental que expone la situación del deporte femenino es Campeonas invisibles, de 2016:
Acabo de terminar este libro que descubrí por recomendación de Amaya Ascunce hace tiempo.
Me ha sorprendido muchísimo su temática tan de actualidad, tan moderna; sin embargo, la historia se ambienta en el siglo pasado. En concreto, el/la protagonista nació en 1960 (como el autor), y descubrió su verdadera identidad en 1974. El libro se publicó en 2002. Su escritor (Las vírgenes suicidas) obtuvo el premio Pulitzer 2003 por esta novela.
La escritura es brillante, lo cual me hace valorar el trabajo del traductor (Benito Gómez Ibáñez) para preservar el texto original. Hay tanto donde escoger entre las casi 700 páginas del libro, que es imposible abarcarlo todo. La tensión narrativa se entreteje con las emociones, las esperanzas y las posteriores frustraciones de los numerosos personajes que desfilan por sus páginas. La excusa del drama de alguien a quien se privó de su verdadera identidad sexual, y a quien estuvieron a punto de mutilar. es una parte pequeña del libro, que, a la vez, sobrevuela todas sus páginas para acabar sobrecogiéndonos en los últimos capítulos. Conocemos el final no sólo de la historia del personaje, sino de la historia de su pueblo y de su familia que empezó varias generaciones atrás:
"No tenía la edad necesaria para comprender que la vida no remite a una persona al futuro, sino al pasado, a la infancia, al tiempo anterior a su nacimientos y, finalmente, a la comunicación con los muertos. Al envejecer, cuesta trabajo subir las escaleras, entra uno en el cuerpo de su padre. Desde ahí sólo hay un breve salto hasta los abuelos y entonces, antes de que uno se dé cuenta, se empieza a viajar en el tiempo. En esta vida crecemos hacia atrás."
Calíope Stephanides, en los libros primero y segundo de la novela, se remonta a sus abuelos griegos que llegaron a Detroit como emigrantes (huyendo de la invasión turca en 1922). En el tercero, narrará la historia de sus padres, junto con su infancia y adolescencia. El libro cuarto se centra en su descubrimiento personal. De esta forma, refleja también la evolución de la sociedad de Estados Unidos a lo largo de esas décadas.
Los antecedentes importan porque son los responsables de la mutación genética ligada al quinto cromosoma del protagonista, a consecuencia de la consanguinidad de su familia a lo largo de varias generaciones desde el siglo XIX. Pero, como en muchas grandes novelas, el resultado literario supera al propósito del autor.
La historia de sus abuelos Desdémona y Lefty constituye por sí misma un libro completo. La influencia de la cultura helénica deja una huella muy personal en el estilo de la obra. Este libro primero y segundo son apasionantes. Los personajes están a medio camino entre un mundo mágico, casi épico, y la realidad más prosaica de sus difíciles vidas. Desde el recuerdo y el cariño, fruto de la convivencia con ellos en su infancia, ha recreado las vidas de sus abuelos, construyendo dos grandísimos personajes literarios. Lefty es un joven locamente enamorado, que años más tarde sufrirá el distanciamiento de su mujer sin entenderlo; reanudará antiguos vicios, para luego convertirse en un abuelo adorable (papú), cómplice mudo de su nieta. En sus últimos días, vivirá un retroceso a lo Benjamin Button. Por su parte, la yiayiá, Desdémona, se adueña del libro con su grandeza. Su neurosis y su terquedad crean un personaje legendario. Fue la Casandra que leyó el futuro de Cal con una cuchara. Ella cerrará la historia en un emotivo episodio entre ambos. Una gran revelación, que la abuela había guardado en secreto hasta entonces, dará pie a la gestación de la novela.
A través de las vicisitudes de este matrimonio, se da a conocer la historia de los gusanos y de la ruta de la seda, la invasión turca de parte de Grecia o el viaje de los migrantes a Estados Unidos y su llegada a la isla de Ellis. La industrialización de la gran ciudad de Detroit deja un pasaje magistral (pág. 128 a 130) que viene a ser el equivalente literario a Tiempos modernos de Charles Chaplin. Se trata de la descripción de una cadena de montaje en la fábrica del mismísimo Henry Ford. Asimismo cobran protagonismo la ley seca que dio de comer a esta familia durante años, y los disturbios raciales de Detroit de 1967; además de las distintas guerras en que participó el país, a las que estuvieron vinculados Milton, y Capítulo Once, padre y hermano del protagonista respectivamente.
La experiencia traumática en la clínica de trastornos sexuales e identidad sexual del doctor Peter Luce (personaje real) es especialmente dramática, aunque no se recrea en el morbo. Calíope es expuesta ante los especialistas que hablan de ella como si no estuviera presente; es objeto de valoraciones y decisiones que no la tienen en cuenta en ningún momento. Va y viene de una ciudad a otra, de una consulta a otra, sin que nadie le comunique qué le ocurre. Duele imaginarla, en la más absoluta soledad, mientras lee la definición de hermafrodita del Diccionario Webster's en la Sala de Lectura de la Biblioteca Central de Nueva York:
"Monstruo. Seguía allí. No se había movido. Y no lo leía en la pared del cubículo de los viejos servicios. El sinónimo era una palabra autorizada, oficial: el veredicto que la cultura daba a una persona como ella. Monstruo. Eso era ella. Era lo que el doctor Luce y sus colegas habían estado diciendo. Explicaba muchas cosas. Explicaba el llanto de su madre en la habitación de al lado. Explicaba la falsa alegría en la voz de Milton (su padre)."
El doctor Luce decide sobre su anatomía, sobre su sexualidad, sobre su futuro, e incluso sobe su felicidad, por ella y por sus padres, en una llamativa reflexión sobre la educación en los estereotipos de género:
"[...] siguió una línea de desarrollo fundamentalmente femenina. Sobre todo en lo que se refiere a los genitales externos. Eso, asociado a su educación en sentido femenino, ha tenido por consecuencia que, además de parecerlo, piensa y actúa como una chica. [...] La cirugía hará que Callie tenga exactamente el aspecto de la chica que considera ser. En realidad, será esa chica. Su aspecto exterior corresponderá con su aspecto interior. Será una chica completamente normal. Nadie notará nada. Y entonces Callie podrá disfrutar de la vida."
"[...] el placer sexual sólo es un factor entre los muchos que constituyen una vida feliz. Poseer los atributos necesarios para casarse y pasar por una mujer normal en la sociedad también son objetivos importantes"
Lo cual lleva a Callie a una genial conclusión sobre la normalidad:
"Me había equivocado con Luce. Yo contaba con que, después de hablar conmigo, decidiría que era normal y me dejaría en paz. Pero empezaba a entender algo de la normalidad. La normalidad no era normal. No podía serlo. Si la normalidad fuese normal, nadie se preocuparía de ella. Pero la gente tiene dudas sobre la normalidad, y sobre todo los médicos, que no estaban seguros de que se manifestara como era debido. De modo que se sentían inclinados a corregirla."
A pesar de su vulnerable juventud, es capaz de investigar qué le ocurre realmente (gracias a sus estudios de Latín) y tomar una difícil decisión a espaldas del mundo adulto que debería protegerla. Así nos cuenta la transición de un sexo a otro; simbólica y físicamente, acaba con su larga melena que se había negado a cortar, (al igual que su abuela, aunque por motivos diferentes):
"Cerré los ojos. Me negué a seguir manteniendo la mirada de Calíope. [...] Abrí los ojos. Y en el espejo no estaba yo. Había desaparecido la Mona Lisa de sonrisa enigmática. Ya no era la chica tímida con el enredado pelo negro sobre la cara, sino su falso hermano gemelo."
A la adolescente que había ocultado su rostro durante años, le sobraban motivos para vivir una crisis de identidad sin precedentes. De esta manera, muere Calíope y nace Cal, pero ambos conviven en su interior y es sin duda lo que constituye esta sensibilidad tan singular.
Caí en la trampa del juego cervantino de los espejos y de las cajas chinas, y no fui consciente hasta que terminé el libro y me puse a investigar, de que no está basado en la experiencia del autor. Es una lectura que invita a la re lectura. Al terminar de acompañar a Callie hasta el final, quieres volver a sus inicios para comprenderla mejor. Cal nos escribe desde la edad adulta, pero es fiel al tono que requiere cada pasaje de su vida y las de sus seres queridos; aporta detalles de cuya importancia no somos conscientes en el momento, por lo que logra mantener el suspense. Es más, aunque en mi reseña revelo datos trascendentales de la historia, esta información no sustituye en absoluto a la emoción de su lectura que te hace deslizar página tras página sin apenas darte cuenta de que has devorado la mitad, de que has llegado al final y te tienes que despedir de Callie, de Des, de Lefty, de Tessie, de Milton, de Lina, de Zo... hasta de Capítulo Once. A Jimmy Zizmo, no lo echaré de menos.
Por si quieres saber más:
Libro con que contiene el diario de Herculine Barbin, personaje real del siglo XIX en que se inspiró el autor.
Delante de la chimenea. El sol que entra por la ventana me da en la cara.
Sentada sobre un taburete bajo, tapada con una manta.
Recta. La espalda se estira. La columna tira de la musculatura. La cabeza crece hacia el techo. La postura me ayuda a sentirme mejor, más estable, me envía un mensaje de serenidad.
Soy yo en el espacio, tomando consciencia de mi cuerpo y del espacio.
Respiro. Mi abdomen se mueve. Las inhalaciones masajean mi diafragma. Las exhalaciones alivian y sueltan.
Pensamientos, ruidos, interrupciones, tareas pendientes... me acechan, tiran de mi mente.
Respiro, me sirve de ancla. Meditar es mi ancla con la estabilidad.
Hace tiempo, escuché por primera vez a Amaya Ascunce hablar de esta serie en un podcast de Cristina Mitre. Decía que en un episodio pasaba de la risa al llanto a partes iguales. Me interesó.
Dejo bien claro que es una serie con una buena dosis de ñoñería o sensiblería que a mucha gente le puede "tirar pa'tras", y que, evidentemente, es ficción.
Otro factor a tener en cuenta: no te puedes fiar de los primeros capítulos. La serie se construye a medida que van pasando episodios y temporadas. Para mi gusto, las cuatro primeras son las mejores, una historia redonda; la quinta y la sexta temporadas creo que son un estiramiento del éxito de las anteriores (aunque no dejan de tener capítulos y momentos maravillosos).
El ingrediente que más me atrae es, sin duda, el emocional. Se abordan las emociones de cada personaje a lo largo de su vida, y se ve cómo condicionan las relaciones con el resto de la familia, y viceversa. En cada episodio, suele haber dos o tres zonas temporales, incluso a veces cuatro, con un hilo temático o de argumento que las vertebra. Sin duda, la manera en que se entreteje la trama es el ingrediente que te atrapa de un capítulo a otro. El guion da giros totalmente inesperados entre capítulos, entre temporadas, o, dentro del mismo episodio. Los guionistas van soltando miguitas (aparentemente sin importancia) que van recogiendo tiempo después y revelando que aquel detalle insignificante era crucial.
Es sorprendente ver la caracterización de cada actor desde el inicio de la vida adulta hasta la madurez, así como el asombroso parecido entre los actores que representan a los tres hermanos Pearson en las distintas etapas de su infancia, adolescencia y juventud.
La serie es la vida (como dice el cartel, "This is real"). Crea un universo en el que estoy a gusto. Es una serie en la que me siento segura porque sé que todos los conflictos se acaban resolviendo aunque no sea siempre de la "mejor" manera. Vives emociones y situaciones a través de sus personajes, los acompañas en sus problemas y en sus caminos personales (cada uno muy duro) como si fueran algo tuyo, como si una parte de ti lo estuviera viviendo y superando también.
Toca todos los problemas posibles de la vida actual (incluida la pandemia) y del ser humano: las adicciones, la obesidad, la ansiedad, el duelo, la diversidad sexual, el racismo... por nombrar algunos. Y todos, para mi gusto, con gran sensibilidad, profundidad y acierto. Pero el que sobrevuela por encima de todos es el de las relaciones personales: en la pareja, con el padre (con el otro), con la madre (con la otra), con un hermano, con el otro, con la otra, con un hijo, con el otro, con la otra... Y la más importante: de cada personaje consigo mismo: con sus luces, y con todas y cada una de sus sombras.
Mi personaje preferido es Beth. Por su belleza, su elegancia y su preciosa sonrisa. También, por su sensibilidad, su humanidad, su vulnerabilidad, su fuerza, su cariño y su sentido del humor. La complicidad que establece con William (el padre biológico de su marido) nos regala alguno los momentos más bonitos de la serie. La pareja que forma con Randall (al igual que la de Rebecca y Jack) está basada en el respeto, la comunicación y la confianza. Es un amor incondicional que soporta los embistes de la vida.
Como decía, con cada personaje aprendes una lección, pero hay uno que me parece especialmente bien construido en este sentido: Kate, la chica de los "súper tres". Puede que sea el que más evoluciona desde la infancia. La razón por la que también me parece todo un acierto es la estética de la actriz, que rompe los estereotipos a los que estamos acostumbrados en personajes protagonistas. Con lo cual, se demuestra que se puede tener éxito con personajes que se alejan de los cánones de una sociedad que encasilla a las personas en una belleza convencional. Vemos a Kate pasar de ser una niña dulce, alegre y feliz, a sentirse discriminada por su peso y empezar a tener miedos. Así, llega a una adolescencia y juventud complicadas que la convierten en huraña. Luego, en la edad adulta, la vemos crecer también sufriendo un proceso de trasformación enorme que la llevará a convertirse en la mariposa que estaba destinada a ser.
Me comentaba una amiga a quien también le encanta la serie, que los personajes no dejan de evolucionar. A través de ellos, te das cuenta de cómo evolucionas tú y lo que aún puedes hacer. Es un serie que te reconcilia con el ser humano. A pesar de las muchas dosis de drama, te deja buen sabor de boca. Ver This is us es volver al hogar.
Disponible en Amazon Prime Video, Movistar, y RTVE Play (creo que la primera temporada de momento).
Abrazar, transitar, surfear las emociones... son términos que se usan para gestionar la ansiedad, la tristeza o el miedo.
Soledad Voulgaris
¿Cómo se hace? A continuación, comparto recursos que a mí me ayudan.
Las emociones no se pueden elegir. Podemos elegir qué hacemos con ellas; buscar los pensamientos que las producen, y cambiarlos; darnos tiempo para responder en vez de reaccionar; pero no podemos elegir la emoción que un hecho o un pensamiento nos producen porque es algo automático del cerebro. Entender esto nos descarga de "culpa" ante emociones "desagradables" y nos invita a ser responsables de ellas, es decir a aceptarlas.
Dicho de otra manera, abrazar o aceptar es lo mismo que no resistirse a la emoción. Primero, ayuda mucho identificar cuál es y ponerle nombre. Escuchar qué nos dice, localizar dónde se siente, y mandar aire a esa zona con la respiración. Yo la verbalizo y respiro. También se puede decir algo del tipo "Siento miedo. Así está bien. Le hago espacio. Yo no soy mi miedo". Visualiza que estás en el mar y en vez de resistirte a las olas, te dejas llevar por ellas a la vez que respiras.
Otro recurso es escribir. Comprar una libreta bonita y escribir todo lo que viene a la cabeza. Esto me dijo una amiga muy sabia cuando compré mi cuaderno: "El más bonito que encuentres. Es importante para que lo que salga después del proceso de escritura también sea bonito."
María Esclapez explica en Me quiero, te quiero que hay tres niveles de expresión: pensar, hablar y escribir. El último es un nivel de conciencia superior. Se necesita gastar más energía y recursos cognitivos. Hace que lo pensado y sentido pueda entenderse mejor, no solamente por lo que conlleva expresarlo y plasmarlo, sino por la impresión que nos invade a golpe de vista, una vez que lo hemos reflejado todo. Y un nivel aún superior es dibujar. A mí también me ha ayudado este libro de cómo dibujar mapas mentales que escuché recomendado en el podcast De piel a cabeza. Voy escribiendo palabras que me vienen a la cabeza ese día, haciendo ramificaciones y acompañándolo de dibujos (esquemáticos porque yo no sé dibujar, y aun así, me cuesta) y colores.
En la película Inside out, Alegría no dejaba que Tristeza tomara el poder en el cerebro de la protagonista, pero ella no recuperó lo que había perdido hasta que actuó Tristeza. Y fue posible porque se dio permiso para abrazar esa emoción.
A veces, hay que hacer la plancha: dejarse estar, no hundirse más en el pozo, pero, no luchar contra la emoción. Si estás triste, pues ese día o ese rato, quizás toca estar triste, bajar el ritmo, no exigirse, darse permiso. Yo me escribí algo en una carta a mi niña interior: "Me doy permiso para enfadarme y estar triste. Sé que no me dejaron. Yo me dejo. Estoy a mi lado. Me apoyo y me quedo conmigo hasta que esté mejor. Me doy tiempo." Se puede formular en segunda persona también, como le llegue mejor a cada uno. "Me importa mi dolor. Me importan mi sentimientos. Me cojo en brazos. Me agarro de la mano. Me quedo conmigo. Me sostengo."
Es angustioso no poder controlar la ansiedad. Los ansiolíticos y los antidepresivos (bajo supervisión médica siempre) ayudan a dormir y a no sentir ese descontrol que es muy desagradable y limitante. Pero, a la vez, es importante escuchar qué nos dice la ansiedad y aprender recursos para cuando vuelva y que no te desborde.
El año pasado, fui a una psicóloga que practica EMDR, que es una técnica que se usa con el shock postraumático. No creía nada mientras lo hacía, pero, al día siguiente, me había desaparecido la angustia. Me contó mi hermana que ella conoce a una profesional que la usó con niños soldado y, al poco tiempo de empezar la terapia, dejaron de hacerse pis en la cama y de tener pesadillas.
Consiste en conectar los hemisferios cerebrales mediante el estímulo del tacto, de la vista o del oído. Yo creo que es lo que hace la técnica del tapping, como el abrazo de la mariposa, al dar golpes en cada lado del cuerpo. O la música 8D que se usa con auriculares, y la respiración alterna del yoga.
De todas formas, está bien llorar en el trabajo, está bien llorar delante de nuestras hijas e hijos (y, por lo visto, se libera cortisol, la hormona del estrés). Hay que normalizar que somos seres humanos que sufrimos y a veces no podemos con todo. Desde la pandemia, se habla mucho de salud mental. Por eso, hay personajes públicos que están compartiendo sus experiencias y exponiendo sus historias personales.
Hablemos de emociones; hablemos de tristeza, de miedo, de ansiedad... hablemos de salud mental. En general, pero también de la nuestra. No nos escondamos más. Guardar "la mierda" debajo de la alfombra sólo hace que se acumule y que tropecemos.
Aprovecho para recomendar a otra psicóloga en Instagram que me encanta: lapsicologajaputa (lo siento, se llama así, jeje).
Tanto que se habla de la necesidad de una educación sexual y afectiva en las escuelas, este libro sería una buena lectura para enseñar a tener relaciones sanas, y no sólo a la adolescencia y a la juventud.
Se trata de un manual para identificar y modificar relaciones tóxicas o de dependencia emocional. Empieza hablando de las fases del amor, y de los mitos del amor romántico, para luego estudiar los síntomas de la dependencia emocional, y cómo detectar los abusos emocionales. Tiene un capítulo dedicado a los celos (que son una emoción, no hay personas celosas) y otro, a las personas “narcisistas versus empáticas”. También analiza las rupturas dependientes y sus trampas. Explica cómo llevarlas a cabo correctamente para no caer en un círculo vicioso; la suma de pequeños estímulos con los que se van subiendo escalones conduce a un punto de no retorno (por el secuestro emocional de la amígdala).
Uno de los últimos capítulos habla de los estilos de apego: cómo se generan, cómo se manifiestan y cómo pueden cambiar a lo largo de la vida. Es especialmente interesante el análisis que hace de la combinación de evasivo-evitativo con ansioso, muy relevante para las relaciones dependientes. Muestra la evolución de cómo manejan los conflictos estas parejas hasta que llegan a la lucha de poder, dinámica que es muy difícil de romper.
La lectura se hace muy interesante y amena. En el libro, abundan los ejemplos (empezando por su experiencia personal), los ejercicios o pautas, los análisis de conversaciones de WhatsApp (que le dieron un impulso en redes), los gráficos o esquemas, o conceptos importantes como la “ley del hielo”, el gaslighting, los límites, o la lista de mínimos exigibles en una relación de pareja.
En su perfil de Instagram, pone a disposición de todo el público infografías con muchas de estas y otras reflexiones (y sus famosas conversaciones de WhatsApp). Por ejemplo, estas publicaciones sobre la autoestima:
"Lo más importante no es no haberse caído nunca, sino levantarse después de cada caída."
Suena a tópico, pero es así. No hay un secreto de la felicidad. No hay una fórmula que se aprenda y que garantice el bienestar permanente. Por supuesto, hay muchas enseñanzas valiosas, pero lo más importante es encontrar las que sirven a cada persona, y tenerlas presentes cuando vengan "mal dadas". Lo más importante es volver a intentarlo aunque se haya caído de nuevo en los errores que se querían evitar. Si se cae: se acepta, te das permiso para el error, te perdonas, lo dejas ir y lo intentas de nuevo. Las veces que haga falta.
Ocurre a menudo que se lee un libro, una frase, se hace un curso, se escucha una charla que abre los ojos, que señala el camino con claridad, pero, luego, se vuelve a la rutina, baja el entusiasmo y se olvida.
O se empieza a practicar y, al primer momento flojo, se cree que no funciona, por lo que se regresa a las antiguas costumbres, a los antiguos surcos del cerebro sin haber dado tiempo a crear los nuevos. Entonces, se extrae la conclusión de que esos cambios no son para ti, que no funcionan contigo, se tira la toalla y se desconfía de cualquier enseñanza porque "no sirvió de nada" en el pasado.
Los cambios de hábitos, o su nueva adquisición, requieren tiempo y esfuerzo. Si se quiere mejorar la autoestima, se tiene que cuidar cada día, un día tras otro, poniendo mucha atención a las caídas y a los momentos de baja forma. Transitarlos, darles espacio, y, al mismo tiempo, recordar que un día o un momento bajos son pasajeros, y confiar en que habrá nuevas oportunidades de volver a intentarlo.
Si se quieren combatir los pensamientos dañinos, hay que trabajarlos: identificarlos, buscar estrategias para ponerlos a raya, cambiarlos por otros que sean constructivos. Requiere consciencia y cierta disciplina.
El problema no está en el método, ni en la persona. No hay fallo: hay oportunidades. Vuelve a intentarlo cada vez que surjan.
Esto en cuanto al trabajo personal se refiere, aquel que depende única y exclusivamente de uno mismo. Pero, en situaciones de convivencia que implican a terceras personas, igual de importante es saber cuándo decir basta. Se han dado muchas oportunidades que no dependen de una o de uno mismo, y no han funcionado. Entonces, la clave quizás no sea volver a intentarlo, sino dejar de intentarlo con esa persona, cambiar de estrategia porque está claro que esa no ha funcionado. Que se intentó muchas veces y es hora de probar algo diferente que aún no se hizo.
Tampoco es fácil. Hay que tener los límites muy claros y darte prioridad.
Me he traído este libro a una entrada aparte porque creo que se la merece.
Lleva como subtítulo "Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado)"
Como tanta gente que se ha visto contaminada por los señoros de la RAE y sus acólitos y acólitas, yo tenía un concepto equivocado del lenguaje inclusivo. No consiste en un trabalenguas de duplicaciones de palabras y términos imposibles que no existen (aunque a algunos, a fuerza de usarlo, nos vamos acostumbrando: jueza, médica, ingeniera...), como han querido creer y hacernos creer. Tampoco es llenar los textos de equis o de arrobas imposibles de leer.
Se trata de hacer visible a la mitad femenina de la población (el neutro, artificial de momento, no lo hace) a la que se ha ocultado durante siglos por una cultura machista. Consiste en incluirla, o en no excluirla del lenguaje. Es evidente que decir una eminencia científica y pensar en un hombre aunque se trate de una mujer, no es un problema del lenguaje, porque la palabra es femenina, sino de la realidad a la que se ha acostumbrado nuestro cerebro. He aquí el interesante experimento que llevaron a cabo una professora y un profesor de Plástica; me parece altamente ilustrativo, tanto por los resultados como por el análisis posterior: Masculino genérico: un experimento de lenguaje inclusivo con dibujos.
Pero, mientras esta realidad cambia a paso de tortuga, quizás podríamos usar el lenguaje para visibilizar a niñas, jóvenes, mujeres adultas y ancianas que forman parte de dicha realidad. Y, a veces, sí, es necesario duplicar si no hay alternativas (que las hay, y muy buenas: Guía de lenguaje no sexista), igual que cuando se abre un evento con "Señores y señoras" o te dan a elegir en un documento administrativo entre "don" y "doña". En el contexto académico, se puede hablar de "alumnado", de "grupos", de "profesorado", de "familias", de "personal de limpieza", pero si se quiere mandar un comunicado a los tutores, se tendrá que nombrar también a las tutoras, porque, si no se hace, no son visibles, por muy igualitario que se sea y que se tenga en cuenta su labor. Es cuestión de ponerse una vez más las gafas violetas para descubrir dónde no se visibiliza al sexo femenino y de aprender a incluirlo sin que distorsione el discurso en exceso.
María Martín no es lingüista, pero lleva estudiando los diccionarios desde pequeña porque los ama, y hace una labor ingente estudiando el lenguaje y sus escondites sexistas. No sólo en el masculino genérico (expresión paradójica donde las haya), sino, en las definiciones y en las palabras que se incluyen.
Por ejemplo, se ha tenido que esperar 98 años para incluir la palabra sororidad desde que Unamuno la propuso. Y entró a la vez que selfi, meme, escrache y viagra que no tuvieron que esperar tanto. No aparece gigolo, pero hay más de ciento cincuenta sinónimos de puta. Y, si alguien tiene curiosidad, que busque en el diccionario de la RAEcunnilingus y felación a ver si encuentra las diferencias.
Recomiendo: sacudirse los prejuicios, leer a María Martín (que además es una mujer con mucha guasa, no da puntada sin hilo) e interesarse por la labor del perfil Golondrinas a la RAE en Twitter.
Por cierto, el título del libro siempre me recuerda al monólogo de Luis Piedrahíta sobre las madres:
Este y los tres siguientes, los he leído en eBiblio.
Lo empecé en verano, y no lo acabé porque no me enganchaba. Su lectura me dejaba mal sabor de boca y el padre no me caía nada simpático. Lo cual quiere decir que la autora ha tenido que hacer un esfuerzo enorme para escribirlo; de ahí el título, no sólo por la operación de su madre.
No es un biografía edulcorada ni siempre amable con quienes fueron sus padres. Pero hay mucho amor y respeto; simplemente, no ha disfrazado la realidad. Ha contado la verdad, su verdad (cada cual tiene su versión). Y ha tratado de darse respuestas a preguntas que la han formado como personaje de la novela y de su propia vida, a ella y a su familia. Hace unas semanas lo retomé y lo terminé.
Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.
Con este libro, como con el anterior y con muchos otros, que no acaban de llenarme, he ejercido los Derechos del lector de Pennac. Me habían hablado muy bien de él, y, lo siento, pero no me ha gustado. Reconozco su mérito como experimento antropológico y narrativo, su originalidad, las curiosidades que experimenta Manuel... Sin embargo, seré muy simple, a mí un libro me tiene que conmover de alguna manera, o conseguir que me encariñe con sus personajes, que me atrapen. Desde luego, a través de las líneas de esta novela y de sus dos personajes sólo llegan emociones muy contenidas.
El derecho que he ejercido esta vez es el de, a mitad de libro, o un poco más allá, saltar directamente al final para ver qué ocurría finalmente con el dichoso sobrino prófugo de la justicia.
La buena suerte, de Rosa Montero.
Cuando escuché la entrevista a la autora por esta novela en De Pe a Pa, no me atrajo demasiado la historia. Pero, luego, vi que Patrica Ramírez, que ha empezado un club de lectura, estaba enganchada y me animé. Al acabar el libro, volví a a escuchar la entrevista anterior y cobró otro sentido para mí.
La curiosidad de la escritora al ver desde el tren un cartel cutre de "Se vende" en una casa fea, en el pueblo más feo que se pueda imaginar, da pie a toda una novela con un entramado de historias y de personajes.
He aquí uno de los misterios de la escritura y de la inspiración. Otro es cómo un personaje (Raluca, la vecina del protagonista) al que la autora quería secundario en un principio, se acaba comiendo la novela como si tuviera vida propia. Aunque al principio me rechinan un poco sus monólogos, va cogiendo fuerza y personalidad a lo largo de las páginas y termina por conquistar el corazón del lector.
Algo que me admira de Rosa Montero es su capacidad para investigar los temas y los asuntos más variopintos, y dotar a sus novelas de verosimilitud, y, a sus personajes, de rasgos singulares. Como la obsesión del protagonista por saber cómo se sobrevive en situaciones de peligro extremo, por ejemplo, al caer en aguas movedizas, o el relato de crímenes atroces para reflexionar sobre el bien y el mal.
Tenemos un protagonista, Pablo, atractivo, inteligente, interesante, misterioso, con un pasado difícil de digerir. Es un personaje cerrado que se va quitando capas poco a poco hasta quedarse totalmente al desnudo. Me entra la duda de que alguien que ha reprimido tanto sus emociones y sus relaciones pueda llegar a cambiar aunque sea de la mano de un ángel como Raluca.
Por último, está Felipe, un secundario cuyo papel se vuelve imprescindible en la historia. Ahora que lo pienso, me recuerda un poco al archivero Yiannis de la trilogía de Bruna Husky: por la edad, por su vulnerabilidad y por suplir en parte a los padres que les faltan a los protagonistas.
Además de una novela de intriga, es, como todas las de Rosa Montero, una novela de emociones, de reflexiones sobre la sociedad, sobre el ser humano y sobre las relaciones humanas, y sobre la familia. Y, como el título indica, sobre la buena suerte: qué decide cada persona qué es buena suerte, y cómo construye su vida con las cartas que le han tocado.
La nena, de Carmen Mola.
Por lo visto, estamos ante la inspectora y la trilogía de moda, pero yo no me había enterado. Tuve que entrar en el blog de A libro por mes, en busca de materia prima que llevarme a los ojos, para saber de su existencia. Ana ya había leído los dos anteriores en abril. Lo cual no se si es mérito o masoquismo.
Un buen libro policiaco siempre es "fácil" de leer porque te atrapa y no te deja soltarlo. Si bien con la trilogía del Baztán, pensé que se habían colmado todos los horrores que la imaginación puede alcanzar en territorio español, al leer los crímenes de La nena, no puedo evitar preguntarme cómo se le ocurren a nadie semejantes barbaridades, y tiene el estómago de describirlas con pelos y señales.
Me cuenta una amiga que oyeron en audiolibro creo que La novia gitana durante un viaje, y que una sobrina suya todavía recuerda pasajes de aquella audición con horror. No me extraña.
Resulta que me entero por Voy a ver qué leo que la autora no es tal, sino que se trata del seudónimo de un conocido escritor. Pues me enfadé, y mucho. ¿Por qué para escribir novelas en que se tortura a mujeres y a niños tiene que llamarse Carmen y no Carlos? Ya sé que es una estrategia para vender más. Pero no me gusta. Conmigo que no cuente más.
"Una sabiduría práctica" lleva por subtítulo esta recopilación de los artículos del maestro de yoga en el periódico La Vanguardia. Con ellos, responde a los problemas que le planteaban distintos lectores. Regalo de mi amiga Pilar en 2013.
Lo he recuperado de la estantería con el propósito de leer cada vez un artículo a modo de píldora saludable. El crecimiento personal es un trabajo diario con el que se van adquiriendo recursos, logros y hábitos que no podemos dar por consolidados, que tenemos que seguir practicando como si del cepillado de dientes se tratara. No por lavarte los dientes una vez de forma perfecta, tu dentadura está sana y limpia para siempre.
La meditación, el ego, la confianza, el vivir el momento presente, conocer nuestras emociones... son constantes en los consejos del autor.
Querer es poder. Este artículo sobre el cambio es especialmente bueno: "No se enciende la lámpara con sólo pronunciar la palabra luz. Es necesario darle al interruptor."
Es el único libro de esta psicóloga, a la que sigo en Instagram, que está disponible en eBiblio.
Me estoy dando cuenta de que tengo que repasarlo porque, en el momento, me sirvió y me ayudó, pero, estas herramientas, si no las tienes presente y las refrescas cada poco tiempo, se olvidan.
Inserto imágenes de fragmentos que subrayé, y el enlace a una carpeta de Drive donde las guardé, por si alguien quiere leer más.
Algo importante en psicología cognitiva y conductual es conocer el PEC: un Pensamiento provoca una Emoción y esta, una Conducta. El origen de nuestras acciones y de nuestras emociones es el cerebro, pero no solemos ser conscientes del pensamiento que las provoca. A veces, es la conducta o la emoción la que nos hace llegar al pensamiento. Se puede cambiar la conducta "inadecuada" y modificar así la emoción y el pensamiento, según la escuela conductual; o, identificar el pensamiento que nos hace sufrir, y cambiarlo por otro más positivo, para modificar la emoción y la conducta, según la escuela cognitiva. Esta es mi explicación de "andar por casa", que me perdonen los profesionales.
Tenía muchísimas ganas de leer esta novela desde hace tiempo, y me la regalé en el libro electrónico a final del curso pasado. Véase la reseña de Voy a ver qué leo.
Chimamanda, es una escritora nigeriana de enorme belleza, con una gran fuerza y mucho sentido del humor: una diosa. Hace tiempo que vi sus charlas TED que recomiendo encarecidamente, también disponibles en sus libros correspondientes: El peligro de la historia única y Todos deberíamos ser feministas. Véase la reseña de A libro por mes.
El libro de Americanah no defraudó mis ilusiones. Lo leí, además, en pleno apogeo del #BlackLivesMatter, con lo que cobró aún más sentido. Su protagonista, Ifemelu, no se había dado cuenta nunca del color de su piel hasta que fue a estudiar desde Nigeria a Estados Unidos. Se plasma además la diferencia que existe en este país entre negros africanos y negros afroamericanos.
Aparte de ser una narración que te atrapa, tiene un poco de todo: AMOR, familia, intriga, corrupción, migración, multiculturalidad, inseguridad personal y autoestima, suicidio, feminismo... Se trata de una historia personal de gran complejidad en que la protagonista trata de hacerse y rehacerse a sí misma. También, de un dibujo de la sociedad norteamericana y sus muchos recovecos a través de los ojos y de la experiencia de Ifemelu. Y de una aproximación a la sociedad nigeriana, un país con una gran riqueza cultural, que quiere modernizarse, pero que ancla a sus mujeres al patriarcado, con fuertes cadenas.
Algo que me impresionó fue conocer el sufrimiento que los tratamientos para trenzar y alisar el pelo causan a las mujeres de raza negra. No tenía ni idea. Es algo que va mucho más allá de la moda o de la estética. Es una carta de presentación que te puede abrir o cerrar puertas. Si el sexo femenino, en general, es esclavo de la imagen en nuestra sociedad sexista, en este caso, la esclavitud se convierte en auténtica tortura. De hecho, hay un movimiento "civil" para recuperar el pelo afro:
Americanah es, en mi opinión, un libro de obligada lectura. Nos ayuda a abrir el objetivo de nuestra mirada a otra cultura que no es la nuestra, a otros problemas que no son los nuestros, pero que afectan a seres humanos que se emocionan y sufren igual que cualquiera y que tienen sueños igual que cualquiera. TODO EL MUNDO SUFRE Y QUIERE SER FELIZ, esto es, en la meditación de la compasión, lo que nos iguala a los seres humanos. No es justo que por pertenecer a una raza o a otra, por nacer en un país o en otro, se arrebaten derechos y se hagan diferencias.
Una educación, de Tara Westover.
Este es un recuerdo a Asun, mi suegra, que murió a los 86 años, el 28 de septiembre de 2020. Aunque no cursó estudios superiores, era una gran lectora y conservó la afición hasta el final. Este libro se lo regalé en Reyes de 2020. Lo leyó dos veces. Algo que no me explico, porque ella era muy sensible para las escenas escabrosas, y la historia está basada en hechos reales, con escenas muy, muy duras (alguna no pude leerla completa) sobre accidentes y agresiones que sufrieron la protagonista o su familia. Todos ellos causados por la educación que les dio el padre (mormón extremista, y víctima de un trastorno bipolar probablemente) y el tipo de vida que los obliga a seguir.
Escuché la recomendación a Amaya Ascunce (quien también recomienda a Chimamanda) en uno de sus programas con Cristina Mitre.
El mismo país que visita Ifemelu como inmigrante, es en el que nace Tara, pero tampoco es el Estados Unidos que solemos ver en las películas, sobre todo, teniendo en cuenta que la mayor parte de su vida transcurre en las preciosas montañas que la vieron crecer.
Tara Westover, autora y protagonista.
Es una historia durísima como ya he dicho. Me dejó mal cuerpo. Pero es otra lectura muy aconsejable porque, contra todo pronóstico, la educación salvó la vida de Tara. Literalmente; si no hubiese seguido la vía de los estudios, no sé si habría sobrevivido a las barbaridades que tenía que soportar en su casa. El efecto que la educación tiene en ella queda maravillosamente reflejado en esta frase: "La palabra y el modo en que la pronunciaba Shawn no había cambiado; mis oídos, sí". La educación le abre los ojos y los oídos, le hace ver el mundo que la rodea desde otro punto de vista que ya no podrá cambiar. Cuando el efecto Pigmalión empieza, no hay quien lo pare.
Aunque el camino, que acabará llevándola a Cambridge, no es fácil ni recto ni corto precisamente. Afortunadamente, en el trayecto, encontró gente buena que la ayudó, incluso uno de sus hermanos y una tía. Porque el calvario de Tara no sólo tiene secuelas físicas, que esas se curan, sino, sobre todo, emocionales, que le costará más reconocer y mirar cara a cara. El precio que tiene que pagar es muy alto. No quiero destripar el final, sólo diré que, por mucho que una familia y unos padres sean malos, los peores, es la única familia que se tiene (aunque se puedan elegir y crear familias nuevas en la edad adulta), y con la única que se ha creado un vínculo o un apego en la infancia, y tiene que ser muy duro no encajar o que te hagan sentir que no encajas.
Termino con una bonita metáfora de la propia Tara cuando sube a un campanario en Inglaterra: "Aguanto este viento porque no intento aguantarlo. Soportamos estas ráfagas en el suelo, de modo que también podemos soportarlas estando en lo alto. No hay diferencia. Salvo la que establecemos en la mente. (...) Yo me limito a estar de pie. Usted y los demás tratan de mantener el equilibrio, de inclinar el cuerpo porque les asusta la altura. Pero agacharse y caminar de lado no es natural. De esa forma se vuelven vulnerables. Con solo controlar el pánico, se consigue que el viento no sea nada."
Escribiendo la entrada, he recordado otro libro que leí también en verano. Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt. Lo recomiendo, pero no es una lectura tan fácil narrativamente como la de las otras dos novelas. He aquí el artículo sobre la autora en Voy a ver qué leo.