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domingo, 3 de septiembre de 2023

El caso Rubiales en contexto

    Se ha escrito y hablado mucho en el último mes sobre el llamado “caso Rubiales” desde que la selección femenina de fútbol ganara el Mundial el pasado 20 de agosto.

    El suceso ha sido la punta del iceberg de la violencia estructural que las mujeres viven en el deporte en general, y en el fútbol en particular. El entrenador actual, Jorge Vilda, llegó a la selección en 2015 para ocupar el puesto de Ignacio Quereda, que la dirigió desde 1988 hasta el Mundial de Canadá, cuando las 23 jugadoras pidieron su dimisión por medio de una carta abierta en la que denunciaban sus métodos “arcaicos” y la falta de preparación. Unas acusaciones que en 2022 se repitieron contra el propio Vilda.

    El documental Romper el silencio de Movistar cuenta que España llegó a estar 16 años sin acudir a competiciones internacionales y su mejor clasificación FIFA fue una 14ª plaza. Quereda se mantuvo en el cargo a pesar de las quejas de las jugadoras y de Mª Teresa Andreu, la presidenta del fútbol femenino, gracias a la connivencia de la Real Federación Española de Fútbol y de Ángel María Villar. No interesaba que el equipo femenino prosperara y no se ponían a su disposición los medios físicos y técnicos necesarios. En 2015, acudieron al Mundial sin conocer a sus adversarias y sufrieron la humillación pública de la derrota y del entrenador; cuando Vicky Losada cometió un error en un partido, le dijo que era una jugadora mediocre y que nunca llegaría a nada en la vida. En las imágenes del momento, a la jugadora, se le saltan las lágrimas mientras Quereda se inclina intimidatoriamente hacia ella y le habla con dureza.

    La periodista Danae Boronat conoció esta historia porque quería escribir un libro sobre las futbolistas y cuando les preguntaba por su paso por la selección, se encontraba, en todos los casos, con la sorpresa de que, lejos de haber sido un episodio memorable de sus carreras, se había convertido en algo traumático. En el documental, se puede ver cómo Quereda agarra a algunas jugadoras de la cara o de la oreja hasta provocarles dolor.

    En 2022, quince futbolistas volvieron a hacer una denuncia pública, esta vez contra Jorge Vilda. Pedían un cambio antes del Mundial de Australia 2023 a causa de unos entrenamientos por debajo de sus capacidades, de las lesiones provocadas por la mala práctica del entrenador y del mal ambiente del vestuario.

    La respuesta de la federación puso en entredicho a las jugadoras y declaró que no iba a permitir que cuestionaran la continuidad del seleccionador nacional y de su cuerpo técnico, ni iba a admitir ningún presión por parte de ninguna de ellas porque ese tipo de maniobras se encontraban alejadas de la ejemplaridad, fuera de los valores del fútbol y del deporte y eran nocivas.

    Quizás a la luz de estos acontecimientos, se explique el espectáculo bochornoso que están dando tanto el presidente actual de la Federación como su entorno. Ojalá sirva para cambiar el funcionamiento interno de este organismo con la selección femenina y darles un trato a la altura de la excelencia que han demostrado al declararse campeonAs del mundo. Sí, con A mayúscula, porque masculino genérico tenemos de sobra en todos los sentidos, ¡anda ya!. Cuánto molesta un femenino cuando se lleva toda la vida hablando de nosotras en masculino... Es para mirárselo.

    Se pueden ver casi treinta minutos de Romper el silencio en el siguiente enlace:


    Otro documental que expone la situación del deporte femenino es Campeonas invisibles, de 2016:


domingo, 14 de febrero de 2021

Ni por favor, ni por favora, de María Martín, o lo que es y no es el lenguaje inclusivo.

    Me he traído este libro a una entrada aparte porque creo que se la merece.    

    Lleva como subtítulo "Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado)"


    Como tanta gente que se ha visto contaminada por los señoros de la RAE y sus acólitos y acólitas, yo tenía un concepto equivocado del lenguaje inclusivo. No consiste en un trabalenguas de duplicaciones de palabras y términos imposibles que no existen (aunque a algunos, a fuerza de usarlo, nos vamos acostumbrando: jueza, médica, ingeniera...), como han querido creer y hacernos creer. Tampoco es llenar los textos de equis o de arrobas imposibles de leer.

    Se trata de hacer visible a la mitad femenina de la población (el neutro, artificial de momento, no lo hace) a la que se ha ocultado durante siglos por una cultura machista. Consiste en incluirla, o en no excluirla del lenguaje. Es evidente que decir una eminencia científica y pensar en un hombre aunque se trate de una mujer, no es un problema del lenguaje, porque la palabra es femenina, sino de la realidad a la que se ha acostumbrado nuestro cerebro. He aquí el interesante experimento que llevaron a cabo una professora y un profesor de Plástica; me parece altamente ilustrativo, tanto por los resultados como por el análisis posterior: Masculino genérico: un experimento de lenguaje inclusivo con dibujos.

    Pero, mientras esta realidad cambia a paso de tortuga, quizás podríamos usar el lenguaje para visibilizar a niñas, jóvenes, mujeres adultas y ancianas que forman parte de dicha realidad. Y, a veces, sí, es necesario duplicar si no hay alternativas (que las hay, y muy buenas: Guía de lenguaje no sexista), igual que cuando se abre un evento con "Señores y señoras" o te dan a elegir en un documento administrativo entre "don" y "doña". En el contexto académico, se puede hablar de "alumnado", de "grupos", de "profesorado", de "familias", de "personal de limpieza", pero si se quiere mandar un comunicado a los tutores, se tendrá que nombrar también a las tutoras, porque, si no se hace, no son visibles, por muy igualitario que se sea y que se tenga en cuenta su labor. Es cuestión de ponerse una vez más las gafas violetas para descubrir dónde no se visibiliza al sexo femenino y de aprender a incluirlo sin que distorsione el discurso en exceso.

    María Martín no es lingüista, pero lleva estudiando los diccionarios desde pequeña porque los ama, y hace una labor ingente estudiando el lenguaje y sus escondites sexistas. No sólo en el masculino genérico (expresión paradójica donde las haya), sino, en las definiciones y en las palabras que se incluyen.

    Por ejemplo, se ha tenido que esperar 98 años para incluir la palabra sororidad desde que Unamuno la propuso. Y entró a la vez que selfi, meme, escrache y viagra que no tuvieron que esperar tanto. No aparece gigolo, pero hay más de ciento cincuenta sinónimos de puta. Y, si alguien tiene curiosidad, que busque en el diccionario de la RAE cunnilingus y felación a ver si encuentra las diferencias.

    Recomiendo: sacudirse los prejuicios, leer a María Martín (que además es una mujer con mucha guasa, no da puntada sin hilo) e interesarse por la labor del perfil Golondrinas a la RAE en Twitter.

    Por cierto, el título del libro siempre me recuerda al monólogo de Luis Piedrahíta sobre las madres: