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lunes, 18 de agosto de 2025

Pipas, de Esther L. Calderón

Pipas es el libro de la hija de Tinuca.

Conocí a Tinuca hace tres años. Compartimos tiempo y vivencias. Tinuca es una mujer fina, sencilla e inteligente. Un día, me enteré de que su hija es periodista en Madrid. Pero no le di mayor importancia. Hace unos meses, me dijo que esa misma hija había escrito un libro, pero tampoco le di mayor importancia. Mucha gente escribe libros, muchos tipos de libros (Quizás había también una punzada de envidia. La hija de Tinuca ha escrito un libro y yo no).

Pues resulta que el libro de la hija de Tinuca no es un libro cualquiera. Es el libro de Esther L. Calderón (el apellido de su madre): una escritora buenísima.

Siempre tengo distintos frutos secos en mi casa, menos pipas, porque, cuando empiezo a comerlas, no puedo parar. Pipas me atrapó y no podía dejar de pasar sus páginas. Crick crack. Leer Pipas me ha generado también la urgencia de escribir para contarlo.

Sin embargo, la novela tiene un ritmo pausado, que ayuda a ir en orden de una parte a otra. Porque, esa es una de sus claves, está muy bien construida.

Es un caramelo con relleno.

Una narración rellena.

De ensayo sociológico y filosófico.

Cuando la historia de la pandilla de Mada, (que se reunía en un banco de Maliaño, en la periferia de Santander, a comer pipas) ha cogido ritmo, se deslizan reflexiones sobre lo rural, la ciudad, la construcción de la clase media y del estado de bienestar. Los abuelos y los padres de esta primera generación nacida en democracia construyeron un sistema para que sus nietos e hijos pudieran trabajar sentaos. TodoLo estrenaron todo: las escuelas, los institutos, las becas, las universidades, los Erasmus... A través de la historia, en especial de sus abuelos, nos explica cómo estos trasladaron sus expectativas a la juventud venidera que, cuarenta años después, se encuentra con que la imagen que construyeron del futuro no se parece al presente."Se nos pidió que fuésemos otros sin dejar de ser los que éramos. De modo que así andamos ahora que se ha roto la burbuja de las imágenes. Estupefactos y con las manos hacia arriba, sin saber qué hacer con la pipa que se nos ha quedado en la garganta. Ansiosos y tristes. A vueltas con la cuestión de clase. Sorprendidos por el abismo que queda, al cabo de los años, entre nuestra imagen y la realidad."

Abundan las imágenes y sentencias brillantes sobre muchos y diversos temas a lo largo de sus páginas. Hay incluso un manual breve genial del arte de hacer entrevistas, y otro de feminismo. Porque otra clave del libro es la creación de un estilo propio. Maravilla la manera en que hila las ideas y las convierte en poesía. La manera en que suelta una hebra para recogerla líneas, páginas o capítulos después y cerrar el bordado. Es precioso el capítulo 21, "La vida de otra", y la idea de la crema de manos. La manera en que empatiza con cada personaje. La manera sutil en que afloran las emociones. Es un regalo para la sensibilidad y la inteligencia. 

Regalo. Sensibilidad. Inteligencia.

Estructura. Estilo. Sensibilidad. Historia.

La historia.

La historia de la Mada que se quiere ir, y que se va (con las latas de tomate frito y de espárragos unidas con cuerdas al trasero), pero no se va, y que vuelve. ¡Cosas pasadme!

La historia de un triángulo de amor con final amargo pero que se convierte en refugio.

La historia de una pandilla que comía pipas. "Cada uno comía pipas a su manera y hacía lo que podía. Estaba el carácter y estaban las circunstancias, y cada uno hacía lo que podía con lo que tenía y comía sus pipas junto con los otros."

La historia de la periferia.

La historia de muchas otras cosas que no puedo reflejar al completo en estas líneas.

La historia de quienes lo estrenaron todo.

Leedla. La historia. Toda.

Esther L. Calderón

Editorial Pepitas de calabaza

Entrevista en Ópera prima

Entrevista en Hoy por hoy

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Las flores perdidas de Alice Hart, de Holly Ringland

Está disponible en la aplicación de las bibliotecas públicas (eBilblio). La novela se ha adaptado a una serie que se puede ver en Prime Video. Yo aún no la he visto, pero creo que merece la pena leer antes el libro, que es una delicia.

Cuenta la historia de Alice, una niña que crece junto a un  padre maltratador (“estar con él era como estar a la intemperie durante una tormenta y vigilar constantemente el cielo””). Su madre (Agnes) es la principal víctima de dicha violencia. En el jardín, Agnes se transforma en una persona luminosa que guarda flores en los bolsillos. Allí, Alice se inicia en el amor por las flores, y por los libros, “porque las descripciones de Agnes le habían hecho imaginar que una biblioteca debía de ser como un silencioso jardín de libros donde las historias crecían igual que las flores.” Muchos días, su madre no puede atender a Alice; se queda en la cama, en la habitación, con las cortinas echadas, “como si su alma se hubiera marchado a un lugar completamente distinto.”


A los nueve años, descubre que tiene una abuela, June, que dirige una plantación de flores (lejos del océano donde Alice se crió) en la que acoge a mujeres que atraviesan circunstancias complicadas. Ellas tejerán una red en torno a Alice y le darán el hogar seguro que nunca tuvo. Además, le enseñarán el lenguaje de las flores: “A veces, todas necesitaban silencio, y esa era la magia de Thornfield: un lugar donde podías expresar las cosas que no podías decir con palabras.”


Sin embargo, a los veintiséis años, un nuevo golpe la empuja a huir lejos de la granja. En el desierto, conocerá a un hombre cuya atracción será fatal. A pesar de que alguien le advierte de que “con él no estará más segura que la niña del cuento de hadas que se adentra en un bosque oscuro”, Alice cae en la tela de araña de sus encantos.


Se trata de una historia dura, pero no macabra, llena de poesía. Alice es un personaje muy especial, vulnerable, lleno de sensibilidad, como la amplia galería de mujeres que la acompañan a lo largo de la novela. La lectura nos guía por sus recuerdos, por sus alegrías y por su profunda tristeza; por sus sueños de llamas feroces; por los secretos de su familia y por su empeño de construir una vida con todo lo que ha vivido, con todo lo que sabe, y, también, con todo lo que no sabe. De fondo, las tierras lejanas de Australia cuyo impresionante paisaje se convierte en un personaje más del libro.


Las flores perdidas de Alice Hart es la primera novela de su autora y recibió el premio ABIA en 2019. Desde entonces, se ha convertido en un bestseller en todo el mundo.


lunes, 20 de febrero de 2023

Middlesex, de Jeffrey Eugenides

      Acabo de terminar este libro que descubrí por recomendación de Amaya Ascunce hace tiempo.

    Me ha sorprendido muchísimo su temática tan de actualidad, tan moderna; sin embargo, la historia se ambienta en el siglo pasado. En concreto, el/la protagonista nació en 1960 (como el autor), y descubrió su verdadera identidad en 1974. El libro se publicó en 2002. Su escritor (Las vírgenes suicidas) obtuvo el premio Pulitzer 2003 por esta novela.

    La escritura es brillante, lo cual me hace valorar el trabajo del traductor (Benito Gómez Ibáñez) para preservar el texto original. Hay tanto donde escoger entre las casi 700 páginas del libro, que es imposible abarcarlo todo. La tensión narrativa se entreteje con las emociones, las esperanzas y las posteriores frustraciones de los numerosos personajes que desfilan por sus páginas. La excusa del drama de alguien a quien se privó de su verdadera identidad sexual, y a quien estuvieron a punto de mutilar. es una parte pequeña del libro, que, a la vez, sobrevuela todas sus páginas para acabar sobrecogiéndonos en los últimos capítulos. Conocemos el final no sólo de la historia del personaje, sino de la historia de su pueblo y de su familia que empezó varias generaciones atrás:

"No tenía la edad necesaria para comprender que la vida no remite a una persona al futuro, sino al pasado, a la infancia, al tiempo anterior a su nacimientos y, finalmente, a la comunicación con los muertos. Al envejecer, cuesta trabajo subir las escaleras, entra uno en el cuerpo de su padre. Desde ahí sólo hay un breve salto hasta los abuelos y entonces, antes de que uno se dé cuenta, se empieza a viajar en el tiempo. En esta vida crecemos hacia atrás."    

    Calíope Stephanides, en los libros primero y segundo de la novela, se remonta a sus abuelos griegos que llegaron a Detroit como emigrantes (huyendo de la invasión turca en 1922). En el tercero, narrará la historia de sus padres, junto con su infancia y adolescencia. El libro cuarto se centra en su descubrimiento personal. De esta forma, refleja también la evolución de la sociedad de Estados Unidos a lo largo de esas décadas.

    Los antecedentes  importan porque son los responsables de la mutación genética ligada al quinto cromosoma del protagonista, a consecuencia de la consanguinidad de su familia a lo largo de varias generaciones desde el siglo XIX. Pero, como en muchas grandes novelas, el resultado literario supera al propósito del autor.

    La historia de sus abuelos Desdémona y Lefty constituye por sí misma un libro completo. La influencia de la cultura helénica deja una huella muy personal en el estilo de la obra. Este libro primero y segundo son apasionantes. Los personajes están a medio camino entre un mundo mágico, casi épico, y la realidad más prosaica de sus difíciles vidas. Desde el recuerdo y el cariño, fruto de la convivencia con ellos en su infancia, ha recreado las vidas de sus abuelos, construyendo dos grandísimos personajes literarios. Lefty es un joven locamente enamorado, que años más tarde sufrirá el distanciamiento de su mujer sin entenderlo; reanudará antiguos vicios, para luego convertirse en un abuelo adorable (papú), cómplice mudo de su nieta. En sus últimos días, vivirá un retroceso a lo Benjamin Button. Por su parte, la yiayiá, Desdémona, se adueña del libro con su grandeza. Su neurosis y su terquedad crean un personaje legendario. Fue la Casandra que leyó el futuro de Cal con una cuchara. Ella cerrará la historia en un emotivo episodio entre ambos. Una gran revelación, que la abuela había guardado en secreto hasta entonces, dará pie a la gestación de la novela.

    A través de las vicisitudes de este matrimonio, se da a conocer la historia de los gusanos y de la ruta de la seda, la invasión turca de parte de Grecia o el viaje de los migrantes a Estados Unidos y su llegada a la isla de Ellis. La industrialización de la gran ciudad de Detroit deja un pasaje magistral (pág. 128 a 130) que viene a ser el equivalente literario a Tiempos modernos de Charles Chaplin. Se trata de la descripción de una cadena de montaje en la fábrica del mismísimo Henry Ford. Asimismo cobran protagonismo la ley seca que dio de comer a esta familia durante años, y los disturbios raciales de Detroit de 1967; además de las distintas guerras en que participó el país, a las que estuvieron vinculados Milton, y Capítulo Once, padre y hermano del protagonista respectivamente.

    La experiencia traumática en la clínica de trastornos sexuales e identidad sexual del doctor Peter Luce (personaje real) es especialmente dramática, aunque no se recrea en el morbo. Calíope es expuesta ante los especialistas que hablan de ella como si no estuviera presente; es objeto de valoraciones y decisiones que no la tienen en cuenta en ningún momento. Va y viene de una ciudad a otra, de una consulta a otra, sin que nadie le comunique qué le ocurre. Duele imaginarla, en la más absoluta soledad, mientras lee la definición de hermafrodita del Diccionario Webster's en la Sala de Lectura de la Biblioteca Central de Nueva York:

"Monstruo. Seguía allí. No se había movido. Y no lo leía en la pared del cubículo de los viejos servicios. El sinónimo era una palabra autorizada, oficial: el veredicto que la cultura daba a una persona como ella. Monstruo. Eso era ella. Era lo que el doctor Luce y sus colegas habían estado diciendo. Explicaba muchas cosas. Explicaba el llanto de su madre en la habitación de al lado. Explicaba la falsa alegría en la voz de Milton (su padre)."

    El doctor Luce decide sobre su anatomía, sobre su sexualidad, sobre su futuro, e incluso sobe su felicidad, por ella y por sus padres, en una llamativa reflexión sobre la educación en los estereotipos de género:

"[...] siguió una línea de desarrollo fundamentalmente femenina. Sobre todo en lo que se refiere a los genitales externos. Eso, asociado a su educación en sentido femenino, ha tenido por consecuencia que, además de parecerlo, piensa y actúa como una chica. [...] La cirugía hará que Callie tenga exactamente el aspecto de la chica que considera ser. En realidad, será esa chica. Su aspecto exterior corresponderá con su aspecto interior. Será una chica completamente normal. Nadie notará nada. Y entonces Callie podrá disfrutar de la vida."

"[...] el placer sexual sólo es un factor entre los muchos que constituyen una vida feliz. Poseer los atributos necesarios para casarse y pasar por una mujer normal en la sociedad también son objetivos importantes"

     Lo cual lleva a Callie a una genial conclusión sobre la normalidad:

"Me había equivocado con Luce. Yo contaba con que, después de hablar conmigo, decidiría que era normal y me dejaría en paz. Pero empezaba a entender algo de la normalidad. La normalidad no era normal. No podía serlo. Si la normalidad fuese normal, nadie se preocuparía de ella. Pero la gente tiene dudas sobre la normalidad, y sobre todo los médicos, que no estaban seguros de que se manifestara como era debido. De modo que se sentían inclinados a corregirla." 

    A pesar de su vulnerable juventud, es capaz de investigar qué le ocurre realmente (gracias a sus estudios de Latín) y tomar una difícil decisión a espaldas del mundo adulto que debería protegerla. Así nos cuenta la transición de un sexo a otro; simbólica y físicamente, acaba con su larga melena que se había negado a cortar, (al igual que su abuela, aunque por motivos diferentes): 

"Cerré los ojos. Me negué a seguir manteniendo la mirada de Calíope. [...] Abrí los ojos. Y en el espejo no estaba yo. Había desaparecido la Mona Lisa de sonrisa enigmática. Ya no era la chica tímida con el enredado pelo negro sobre la cara, sino su falso hermano gemelo." 

    A la adolescente que había ocultado su rostro durante años, le sobraban motivos para vivir una crisis de identidad sin precedentes. De esta manera, muere Calíope y nace Cal, pero ambos conviven en su interior y es sin duda lo que constituye esta sensibilidad tan singular.

    Caí en la trampa del juego cervantino de los espejos y de las cajas chinas, y no fui consciente hasta que terminé el libro y me puse a investigar, de que no está basado en la experiencia del autor.  Es una lectura que invita a la re lectura. Al terminar de acompañar a Callie hasta el final, quieres volver a sus inicios para comprenderla mejor. Cal nos escribe desde la edad adulta, pero es fiel al tono que requiere cada pasaje de su vida y las de sus seres queridos; aporta detalles de cuya importancia no somos conscientes en el momento, por lo que logra mantener el suspense. Es más, aunque en mi reseña revelo datos trascendentales de la historia, esta información no sustituye en absoluto a la emoción de su lectura que te hace deslizar página tras página sin apenas darte cuenta de que has devorado la mitad, de que has llegado al final y te tienes que despedir de Callie, de Des, de Lefty, de Tessie, de Milton, de Lina, de Zo...  hasta de Capítulo Once. A Jimmy Zizmo, no lo echaré de menos.


Por si quieres saber más:

  • Libro con que contiene el diario de Herculine Barbin, personaje real del siglo XIX en que se inspiró el autor.
  • Reseña en vídeo que aporta más información:



jueves, 21 de julio de 2022

Me quiero, te quiero. Una guía para desarrollar relaciones sanas (Y mejorar las que ya tienes) de María Esclapez.

    


    Tanto que se habla de la necesidad de una educación sexual y afectiva en las escuelas, este libro sería una buena lectura para enseñar a tener relaciones sanas, y no sólo a la adolescencia y a la juventud.   

    Se trata de un manual para identificar y modificar relaciones tóxicas o de dependencia emocional. Empieza hablando de las fases del amor, y de los mitos del amor romántico, para luego estudiar los síntomas de la dependencia emocional, y cómo detectar los abusos emocionales. Tiene un capítulo dedicado a los celos (que son una emoción, no hay personas celosas) y otro, a las personas “narcisistas versus empáticas”. También analiza las rupturas dependientes y sus trampas. Explica cómo llevarlas a cabo correctamente para no caer en un círculo vicioso; la suma de pequeños estímulos con los que se van subiendo escalones conduce a un punto de no retorno (por el secuestro emocional de la amígdala).

    Uno de los últimos capítulos habla de los estilos de apego: cómo se generan, cómo se manifiestan y cómo pueden cambiar a lo largo de la vida. Es especialmente interesante el análisis que hace de la combinación de evasivo-evitativo con ansioso, muy relevante para las relaciones dependientes. Muestra la evolución de cómo  manejan los conflictos estas parejas hasta que llegan a la lucha de poder, dinámica que es muy difícil de romper.

    La lectura se hace muy interesante y amena. En el libro, abundan los ejemplos (empezando por su experiencia personal), los ejercicios o pautas, los análisis de conversaciones de WhatsApp (que le dieron un impulso en redes), los gráficos o esquemas, o conceptos importantes como la “ley del hielo”, el gaslighting, los límites, o la lista de mínimos exigibles en una relación de pareja.

    En su perfil de Instagram, pone a disposición de todo el público infografías con muchas de estas  y otras reflexiones (y sus famosas conversaciones de WhatsApp). Por ejemplo, estas publicaciones sobre la autoestima: 

Cosas que disminuyen la autoestima

Lo que realmente es tener baja autoestima


Asimismo, podemos escucharla en este capítulo del proyecto de Aprendemos juntos:


V. Completa. La importancia de saber decir: "Me quiero, te quiero". María Esclapez, psicóloga


También ha elaborado esta guía para trabajar el contenido del libro con adolescentes.


Este es su Instagram: María Esclapez



sábado, 13 de febrero de 2021

Mis lecturas de otoño/invierno (las que recuerdo): A corazón abierto, Los asquerosos, La buena suerte, La nena, Sí puedes.

A corazón abierto, de Elvira Lindo.


    Este y los tres siguientes, los he leído en eBiblio.

    Lo empecé en verano, y no lo acabé porque no me enganchaba. Su lectura me dejaba mal sabor de boca y el padre no me caía nada simpático. Lo cual quiere decir que la autora ha tenido que hacer un esfuerzo enorme para escribirlo; de ahí el título, no sólo por la operación de su madre.

    No es un biografía edulcorada ni siempre amable con quienes fueron sus padres. Pero hay mucho amor y respeto; simplemente, no ha disfrazado la realidad. Ha contado la verdad, su verdad (cada cual tiene su versión). Y ha tratado de darse respuestas a preguntas que la han formado como personaje de la novela  y de su propia vida, a ella y a su familia. Hace unas semanas lo retomé y lo terminé.

Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

    Con este libro, como con el anterior y con muchos otros, que no acaban de llenarme, he ejercido los Derechos del lector de Pennac. Me habían hablado muy bien de él, y, lo siento, pero no me ha gustado. Reconozco su mérito como experimento antropológico y narrativo, su originalidad, las curiosidades que experimenta Manuel... Sin embargo, seré muy simple, a mí un libro me tiene que conmover de alguna manera, o conseguir que me encariñe con sus personajes, que me atrapen. Desde luego, a través de las líneas de esta novela y de sus dos personajes sólo llegan emociones muy contenidas.

    El derecho que he ejercido esta vez es el de, a mitad de libro, o un poco más allá, saltar directamente al final para ver qué ocurría finalmente con el dichoso sobrino prófugo de la justicia.

La buena suerte, de Rosa Montero.

    

    Cuando escuché la entrevista a la autora por esta novela en De Pe a Pa, no me atrajo demasiado la historia. Pero, luego, vi que Patrica Ramírez, que ha empezado un club de lectura, estaba enganchada y me animé. Al acabar el libro, volví a a escuchar la entrevista anterior y cobró otro sentido para mí.

    La curiosidad de la escritora al ver desde el tren un cartel cutre de "Se vende" en una casa fea, en el pueblo más feo que se pueda imaginar, da pie a toda una novela con un entramado de historias y de personajes.

    He aquí uno de los misterios de la escritura y de la inspiración. Otro es cómo un personaje (Raluca, la vecina del protagonista) al que la autora quería secundario en un principio, se acaba comiendo la novela como si tuviera vida propia. Aunque al principio me rechinan un poco sus monólogos, va cogiendo fuerza y personalidad a lo largo de las páginas y termina por conquistar el corazón del lector.

    Algo que me admira de Rosa Montero es su capacidad para investigar los temas y los asuntos más variopintos, y dotar a sus novelas de verosimilitud, y, a sus personajes, de rasgos singulares. Como la obsesión del protagonista por saber cómo se sobrevive en situaciones de peligro extremo, por ejemplo, al caer en aguas movedizas, o el relato de crímenes atroces para reflexionar sobre el bien y el mal.

    Tenemos un protagonista, Pablo, atractivo, inteligente, interesante, misterioso, con un pasado difícil de digerir. Es un personaje cerrado que se va quitando capas poco a poco hasta quedarse totalmente al desnudo. Me entra la duda de que alguien que ha reprimido tanto sus emociones y sus relaciones pueda llegar a cambiar aunque sea de la mano de un ángel como Raluca.

    Por último, está  Felipe, un secundario cuyo papel se vuelve imprescindible en la historia. Ahora que lo pienso, me recuerda un poco al archivero Yiannis de la trilogía de Bruna Husky: por la edad, por su vulnerabilidad y por suplir en parte a los padres que les faltan a los protagonistas.

   Además de una novela de intriga, es, como todas las de Rosa Montero, una novela de emociones, de reflexiones sobre la sociedad, sobre el ser humano y sobre las relaciones humanas, y sobre la familia. Y, como el título indica, sobre la buena suerte: qué decide cada persona qué es buena suerte, y cómo construye su vida con las cartas que le han tocado.


La nena, de Carmen Mola.


    Por lo visto, estamos ante la inspectora y la trilogía de moda, pero yo no me había enterado. Tuve que entrar en el blog de A libro por mes, en busca de materia prima que llevarme a los ojos, para saber de su existencia. Ana ya había leído los dos anteriores en abril. Lo cual no se si es mérito o masoquismo.

    Un buen libro policiaco siempre es "fácil" de leer porque te atrapa y no te deja soltarlo. Si bien con la trilogía del Baztán, pensé que se habían colmado todos los horrores que la imaginación puede alcanzar en territorio español, al leer los crímenes de La nena, no puedo evitar preguntarme cómo se le ocurren a nadie semejantes barbaridades, y tiene el estómago de describirlas con pelos y señales.

    Me cuenta una amiga que oyeron en audiolibro creo que La novia gitana durante un viaje, y que una sobrina suya todavía recuerda pasajes de aquella audición con horror. No me extraña.

    Resulta que me entero por Voy a ver qué leo que la autora no es tal, sino que se trata del seudónimo de un conocido escritor. Pues me enfadé, y mucho. ¿Por qué para escribir novelas en que se tortura a mujeres y a niños tiene que llamarse Carmen y no Carlos? Ya sé que es una estrategia para vender más. Pero no me gusta. Conmigo que no cuente más.

Sí puedes, de Ramiro Calle

    "Una sabiduría práctica" lleva por subtítulo esta recopilación de los artículos del maestro de yoga en el periódico La Vanguardia. Con ellos, responde a los problemas que le planteaban distintos lectores. Regalo de mi amiga Pilar en 2013.

   
    Lo he recuperado de la estantería con el propósito de leer cada vez un artículo a modo de píldora saludable. El crecimiento personal es un trabajo diario con el que se van adquiriendo recursos, logros y hábitos que no podemos dar por consolidados, que tenemos que seguir practicando como si del cepillado de dientes se tratara. No por lavarte los dientes una vez de forma perfecta, tu dentadura está sana y limpia para siempre.

    La meditación, el ego, la confianza, el vivir el momento presente, conocer nuestras emociones... son constantes en los consejos del autor.

    Querer es poder. Este artículo sobre el cambio es especialmente bueno: "No se enciende la lámpara con sólo pronunciar la palabra luz. Es necesario darle al interruptor." 









miércoles, 10 de febrero de 2021

Mis lecturas de verano (las que recuerdo): Autoestima automática, Americanah y Una educación.

 Autoestima automática, de Silvia Congost.

    Es el único libro de esta psicóloga, a la que sigo en Instagram, que está disponible en eBiblio.

    Me estoy dando cuenta de que tengo que repasarlo porque, en el momento, me sirvió y me ayudó, pero, estas herramientas, si no las tienes presente y las refrescas cada poco tiempo, se olvidan.

    Inserto imágenes de fragmentos que subrayé, y el enlace a una carpeta de Drive donde las guardé, por si alguien quiere leer más.

    Algo importante en psicología cognitiva y conductual es conocer el PEC: un Pensamiento provoca una Emoción y esta, una Conducta. El origen de nuestras acciones y de nuestras emociones es el cerebro, pero no solemos ser conscientes del pensamiento que las provoca. A veces, es la conducta o la emoción la que nos hace llegar al pensamiento. Se puede cambiar la conducta "inadecuada" y modificar así la emoción y el pensamiento, según la escuela conductual; o, identificar el pensamiento que nos hace sufrir, y cambiarlo por otro más positivo, para modificar la emoción y la conducta, según la escuela cognitiva. Esta es mi explicación de "andar por casa", que me perdonen los profesionales.





Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie.

    Tenía muchísimas ganas de leer esta novela desde hace tiempo, y me la regalé en el libro electrónico a final del curso pasado. Véase la reseña de Voy a ver qué leo

    Chimamanda, es una escritora nigeriana de enorme belleza, con una gran fuerza y mucho sentido del humor: una diosa. Hace tiempo que vi sus charlas TED que recomiendo encarecidamente, también disponibles en sus libros correspondientes: El peligro de la historia única y Todos deberíamos ser feministas. Véase la reseña de A libro por mes.


    El libro de Americanah no defraudó mis ilusiones. Lo leí, además, en pleno apogeo del #BlackLivesMatter, con lo que cobró aún más sentido. Su protagonista, Ifemelu, no se había dado cuenta nunca del color de su piel hasta que fue a estudiar desde Nigeria a Estados Unidos. Se plasma además la diferencia que existe en este país entre negros africanos y negros afroamericanos.

   
    Aparte de ser una narración que te atrapa, tiene un poco de todo: AMOR, familia, intriga, corrupción, migración, multiculturalidad, inseguridad personal y autoestima, suicidio, feminismo... Se trata de una historia personal de gran complejidad en que la protagonista trata de hacerse y rehacerse a sí misma. También, de un dibujo de la sociedad norteamericana y sus muchos recovecos a través de los ojos y de la experiencia de Ifemelu. Y de una aproximación a la sociedad nigeriana, un país con una gran riqueza cultural, que quiere modernizarse, pero que ancla a sus mujeres al patriarcado, con fuertes cadenas.

    Algo que me impresionó fue conocer el sufrimiento que los tratamientos para trenzar y alisar el pelo causan a las mujeres de raza negra. No tenía ni idea. Es algo que va mucho más allá de la moda o de la estética. Es una carta de presentación que te puede abrir o cerrar puertas. Si el sexo femenino, en general, es esclavo de la imagen en nuestra sociedad sexista, en este caso, la esclavitud se convierte en auténtica tortura. De hecho, hay un movimiento "civil" para recuperar el pelo afro:



    Americanah es, en mi opinión, un libro de obligada lectura. Nos ayuda a abrir el objetivo de nuestra mirada a otra cultura que no es la nuestra, a otros problemas que no son los nuestros, pero que afectan a seres humanos que se emocionan y sufren igual que cualquiera y que tienen sueños igual que cualquiera. TODO EL MUNDO SUFRE Y QUIERE SER FELIZ, esto es, en la meditación de la compasión, lo que nos iguala a los seres humanos. No es justo que por pertenecer a una raza o a otra,  por nacer en un país o en otro, se arrebaten derechos y se hagan diferencias.

Una educación, de Tara Westover.

    Este es un recuerdo a Asun, mi suegra, que murió a los 86 años, el 28 de septiembre de 2020. Aunque no cursó estudios superiores, era una gran lectora y conservó la afición hasta el final. Este libro se lo regalé en Reyes de 2020. Lo leyó dos veces. Algo que no me explico, porque ella era muy sensible para las escenas escabrosas, y la historia está basada en hechos reales, con escenas muy, muy duras (alguna no pude leerla completa) sobre accidentes y agresiones que sufrieron la protagonista o su familia. Todos ellos causados por la educación que les dio el padre (mormón extremista, y víctima de un trastorno bipolar probablemente) y el tipo de vida que los obliga a seguir.

   
     Escuché la recomendación a Amaya Ascunce (quien también recomienda a Chimamanda) en uno de sus programas con Cristina Mitre.

    El mismo país que visita Ifemelu como inmigrante, es en el que nace Tara, pero tampoco es el Estados Unidos que solemos ver en las películas, sobre todo, teniendo en cuenta que la mayor parte de su vida transcurre en las preciosas montañas que la vieron crecer.


Tara Westover, autora y protagonista.

    Es una historia durísima como ya he dicho. Me dejó mal cuerpo. Pero es otra lectura muy aconsejable porque, contra todo pronóstico, la educación salvó la vida de Tara. Literalmente; si no hubiese seguido la vía de los estudios, no sé si habría sobrevivido a las barbaridades que tenía que soportar en su casa. El efecto que la educación tiene en ella queda maravillosamente reflejado en esta frase: "La palabra y el modo en que la pronunciaba Shawn no había cambiado; mis oídos, sí". La educación le abre los ojos y los oídos, le hace ver el mundo que la rodea desde otro punto de vista que ya no podrá cambiar. Cuando el efecto Pigmalión empieza, no hay quien lo pare.

    Aunque el camino, que acabará llevándola a Cambridge, no es fácil ni recto ni corto precisamente. Afortunadamente, en el trayecto, encontró gente buena que la ayudó, incluso uno de sus hermanos y una tía. Porque el calvario de Tara no sólo tiene secuelas físicas, que esas se curan, sino, sobre todo, emocionales, que le costará más reconocer y mirar cara a cara. El precio que tiene que pagar es muy alto. No quiero destripar el final, sólo diré que, por mucho que una familia y unos padres sean malos, los peores, es la única familia que se tiene (aunque se puedan elegir y crear familias nuevas en la edad adulta), y con la única que se ha creado un vínculo o un apego en la infancia, y tiene que ser muy duro no encajar o que te hagan sentir que no encajas.

    Termino con una bonita metáfora de la propia Tara cuando sube a un campanario en Inglaterra: "Aguanto este viento porque no intento aguantarlo. Soportamos estas ráfagas en el suelo, de modo que también podemos soportarlas estando en lo alto. No hay diferencia. Salvo la que establecemos en la mente. (...) Yo me limito a estar de pie. Usted y los demás tratan de mantener el equilibrio, de inclinar el cuerpo porque les asusta la altura. Pero agacharse y caminar de lado no es natural. De esa forma se vuelven vulnerables. Con solo controlar el pánico, se consigue que el viento no sea nada."
 







Escribiendo la entrada, he recordado otro libro que leí también en verano. Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt. Lo recomiendo, pero no es una lectura tan fácil narrativamente como la de las otras dos novelas. He aquí el artículo sobre la autora en Voy a ver qué leo. 


lunes, 8 de febrero de 2021

Ella pisó la luna. Ellas pisaron la luna, de Belén Gopegui.

    Hace mucho que no hablo de libros. Aunque leo (no tanto como quisiera), mi cerebro no da para reflexiones sabias y ágiles. Así que haré una breve reseña de esta última lectura. Está disponible en eBiblio.



    Soy una recién llegada a la coeducación, y estoy descubriendo un mundo  sobre el que toda la ciudadanía tendría que tener formación. Una vez que te pones las gafas violetas, ya no te las quieres quitar, por mucho que te digan que no hacen falta, que no te favorecen, o que son incómodas. Intentando entender un poco mejor todos los aspectos de lo que implica la coeducación, me apunté a un curso del CEP de Santander en el que están participando figuras de referencia. En la última sesión, la asesora y otra compañera recomendaron este libro que traigo a la entrada.

    Se trata de una lectura fácil por su fluidez narrativa, corta y diferente. Trata sobre mujeres de las que no se habla, pero que no por ello dejaron de jugar un papel importante en la sociedad, como la madre de la autora. Una historia dolorosa y triste, pero, también, alegre y valiente.

    El origen del texto es una conferencia para el ciclo de "Ni ellas musas ni ellos genios" de Clásicas y modernas.

    Como la historia de la madre es larga y se cuenta en varias fases, copio a continuación la historia dramática de otra madre, junto con la petición de la autora de que rescatemos más narraciones de mujeres invisibles de nuestro entorno.







miércoles, 19 de julio de 2017

Patria II


La semana pasada hablaba de la importancia de esta novela desde el punto de vista de un episodio de la historia reciente de España, no sé si superado. Desgraciadamente, creo que este tipo de conflicto nunca pasará de moda. Aramburu nos ha dejado un magnífico testimonio de cómo la estupidez humana da lugar a tremendas consecuencias para la sociedad.

Una vez terminada, me queda la pena de haberla acabado (aunque saboreé sus últimas páginas con calma sabiendo que no había más) y la sensación de haber leído un gran libro. Un libro redondo, que lo tiene todo, que te da ganas de volver a empezarlo.

Lo que más me gusta de él es su humanidad. Ves hacerse, y deshacerse, a sus personajes a lo largo de la historia; a algunos, desde niños. Llegas incluso a comprenderlos a todos, a ser cómplice de sus secretos. Son personajes contenidos en sus emociones como "buenos vascos"; algunos las ahogan en alcohol, como Xabier y Joxian; otros en soledad, como Nerea y Bittori; otros, en literatura, como Gorka, y otros ahogan directamente los sentimientos antes de que surjan, como Miren y Joxe Mari.

Es realmente emotiva la escena en que Miren comunica a Joxe Mari que Gorka se ha casado. Un ejemplo genial de diálogo el de esta mujer, muy característico de su personaje, como los que mantiene con Ignacio en la iglesia. Aramburu construye a sus personajes con muchos detalles, sencillos, pero determinantes para dotarlos de identidad.

(Aviso que la imagen revela datos importantes de la trama y de sus personajes por si alguien no ha leído la novela)


Arantxa, nexo de unión entre "los dos bandos", es la única que no reprime sus emociones, a pesar de que, paradójicamente, no puede hablar. Por eso, probablemente, es ella quien puede ayudar a su hermano y a Bittori. ¿Por qué él autor ha castigado a este personaje con una enfermedad tan cruel? ¿Es quizás una metáfora de la sociedad vasca herida de muerte, que puede curar sus heridas, al igual que Arantxa puede rehabilitarse?

Con el lazo de su amistad, Miren y Bittori estrechan la historia por ambos extremos. Un lazo, completo al principio, que se va deshaciendo para volver a atarlo al final. Aunque el lazo está arrugado y cuesta recomponerlo, no deja de ser emocionante.

La historia se relata con un estilo peculiar de frases inacabadas, que chocan al principio, y de fuertes dialectismos. Hasta le he cogido cariño al condicional, con la rabia que me da.

Patria es una gran novela, pero sin alardes ni fuegos artificiales, lo cual la convierte aún en más grande por su aparente sencillez.

miércoles, 12 de julio de 2017

Patria


En estos días que recordamos a Miguel Ángel Blanco, pienso que esta lectura es obligada para todos los españoles. Lo explica tan bien y de forma tan "natural" que es tremendo.

No se entiende que los sentimientos nacionalistas se puedan anteponer a la amistad, a la humanidad, al sentido común; que se confunda el amor a las raíces, con el rechazo y el odio a los que no lo viven o se sospecha que no lo viven igual, hasta tal punto que se justifique el terror.

domingo, 4 de junio de 2017

Distintos tiempos, la misma noche


Con la lectura de La noche de los tiempos de Muñoz Molina, de 2009, me vienen a la mente las imágenes actuales de los campos de refugiados, así como las historias que habrá detrás.

Gente desorientada que no esperaba ser protagonista de una guerra, cansada de viajar con la misma ropa y de buscar la manera de llegar a un territorio seguro donde les sea posible reanudar sus vidas. Personas mal alimentadas, con bultos en las espaldas​ y  sombras en sus rostros. La ropa, la apariencia​ y las costumbres de algunos pueden despertar rechazo a los modernos, acomodados y desarrollados ojos occidentales. No entienden por qué los policías los miran con desconfianza e incluso les demuestran hostilidad o antipatía. Ellos son las víctimas, y se sienten tratados como delincuentes. La vida, tal y como la conocían hasta hace poco, ha desaparecido por completo.

Las mismas escenas y sensaciones que vivimos a través de la historia del español Ignacio Abel, y de su paso de la frontera con Francia, en esta novela sobre los inicios de la guerra civil española.

Distintos tiempos, distintas guerras y distintos escenarios, pero los mismos comportamientos y sentimientos humanos.




martes, 11 de febrero de 2014

Leer, obligar o no obligar, he ahí la cuestión (VI) ...

... o qué hacer con la lectura cuando la escuela se mete de por medio (IV)

La lectura de obras literarias

He oído en varias ocasiones que la causa de que a los jóvenes no les guste la lectura, o les deje de gustar es que los profesores los obligamos a leer El Cid, La Celestina El Quijote. Tomo de ejemplo este artículo de Rosa Montero.

Estoy de acuerdo con que los planes de estudio tienen muchísimos fallos que mejorar (como por ejemplo la coordinación con el área de Ciencias Sociales que menciona), pero creo que la situación que describe esta gran periodista se da en la actualidad en contadas ocasiones (que no dudo que las haya). En general, los departamentos y los profesores de Lengua y Literatura que conozco son bastante sensatos al respecto. Pienso que hay que confiar un poco más en los profesionales. ¿O es que hay que eliminar entonces la literatura de nuestra materia que lleva el nombre? Por esa regla de tres, deberíamos eliminar algo tan lejano a nuestros alumnos como la Prehistoria o el átomo o las galaxias.


Voy a retrotraerme lo más brevemente que pueda al pasado. Yo cursé EGB, y, que recuerde, leí El caballero de Olmedo en séptimo u octavo. En tercero de BUP, leí El CidLa Celestina, El Quijote,  que nombra ella, y muchos más, y acabé de enamorarme de la literatura. Sé que hay profesores que sentencian que ellos no se murieron por hacerlo, y, efectivamente, doy fe de que siguen vivos. Pero creo que un profesor de literatura no es objetivo en este caso, ya que su gusto y su aptitud favorecieron que sobreviviera; tenemos que tener en cuenta la diversidad de alumnos que nos encontramos dentro de una materia obligatoria, que no se tenía en cuenta en los antiguos planes de estudio, sino que se tendía a medirnos a todos por igual.

Tradicionalmente, se considera un "buen profesor" al hueso que es exigente, pero que ama y domina la materia; además, suele tener mal carácter para que no se le subleve nadie, es decir, que es fácil que los alumnos le tengan miedo (lo que no es necesariamente respeto). La mayoría de estos profesores aplica el criterio de que, sencillamente, el alumno que no llega, o no puede o no se esfuerza. Seguro que todos hemos traído del recuerdo a algún profesor/a de este tipo a la mente ahora mismo. Hubo un tiempo en el que yo también los creía buenos profesores porque yo era buena alumna, los había podido seguir, y aprovechar su gran sabiduría. Pero con la experiencia de docente, me he dado cuenta de que no es suficiente, que como explica Pennac en Mal de escuela, nuestros alumnos son todos; no depende sólo de ellos que lleguen a entendernos, sino de nosotros, aunque lógicamente, es difícil conseguirlo.

¿Por qué esta digresión en mi argumentación? Porque creo que algunas personas se han podido quedar con esta antigua idea del anterior bachillerato, y del profesor tradicional. En tercero de BUP, la literatura se estudiaba dentro de las "letras", es decir, que escogían la materia aquellos a los que, supuestamente, les gustaba la literatura como a mí. En el curso equivalente en la actualidad, primero de Bachillerato, esto no es así. Es una materia que reúne las dos disciplinas, Lengua y Literatura, se dispone sólo de tres horas a la semana, y es obligatoria y común para todos los tipos de bachillerato; además, se carece de la preparación que se recibía en 2º de BUP con un somero y profundo repaso de la historia de la literatura.

Algo equivalente a lo que yo experimenté en aquel curso inolvidable de literatura, se hace en la optativa de Literatura Universal, pero, al ser universal, y tener un programa condicionado por la Prueba de Acceso a la Universidad, si no me equivoco, las obras que se trabajan son en su mayoría extranjeras.

Entonces, volviendo a la Secundaria Obligatoria, ¿qué hacemos? Yo soy partidaria de dar literatura, y clásica, por supuesto, pero con sentido común. Cada vez son más los alumnos que no saben quién escribió El Quijote, o que no les suenan autores como Lope de Vega, Espronceda, García Lorca, Antonio Machado... no digamos ya ubicarlos en el tiempo o asociarlos con un movimiento cultural, género (¿qué es eso?), obra o poema.

Mi propuesta es compaginar las lecturas juveniles con las clásicas. Pero, ¿cómo?

Primero, aunque no seamos profesores de Historia, me parece obvio que siempre que se da una época literaria, se contextualiza para que el alumno pueda comprender mejor a las personas de aquella época.

Segundo, leyendo y comentando textos sueltos de obras representativas con la guía y la ayuda del profesor.

Tercero, haciendo las lecturas con ediciones adaptadas, y dentro del aula. Nunca he mandado una obra literaria para leer individualmente sin asegurarme de que la estaban entendiendo, y, como mucho, les mando terminar de leer algún pasaje que no nos haya dado tiempo en clase, y lo ponemos en común al día siguiente. Creo que es necesario hacer alguna lectura completa de estas obras porque es la manera más segura de que permanezca en la memoria cultural de nuestros alumnos. Una obra que funciona, en tercero de la ESO, de la que hay buenas adaptaciones juveniles, que gusta a los alumnos, y que la entienden muy bien es el Lazarilllo.

Cuarto, presentando actividades motivadoras y dinámicas con las obras. Por ejemplo, dramatizar un juicio a Lázaro, con abogados, juez, acusado, testigos... Escribir cartas aconsejando a Melibea o a Calisto; escenificar escenas o actos de obras de teatro... El curso pasado me llevé a mis alumnos de cuarto a la playa para leer poemas de Gerardo Diego dedicados al mar Cantábrico y a la Bahía de Santander. Ninguno había oído hablar de él, pero tengo la esperanza de que se les haya grabado su nombre en la memoria al asociarlo con  aquella experiencia, o de que la próxima vez que paseen por Reina Victoria sepan de quién es la escultura de ese señor que está sentado en el banco mirando al mar. Tal vez, hay uno que recuerde su asociación con una generación de poetas, la del 27, o que, simplemente le suene esta generación.

Dice Rosa Montero en el artículo, Los clásicos son una estación de llegada, no de partida. Hace falta haber leído y haber vivido bastante para poder gozarlos. Pero yo me pregunto... si no hay una figura en la vida de nuestros jóvenes que los familiarice con los clásicos, ¿llegarán a saber que existen?

Hay alumnos a los que les gusta leer literatura, otros a los que no les entusiasma, pero reconocen que es necesario, y agradecen tener el conocimiento. Y estoy segura de que alguno de los textos les habrá interesado, impactado, sorprendido o, aún mejor, tocado el alma o el corazón... aunque no lo hayan entendido del todo.

Si no lo intentamos, esos momentos no llegan.

Si no, puede ocurrir algo parecido a lo que cuenta Forges en esta viñeta:

Entradas anteriores sobre la lectura:

domingo, 9 de febrero de 2014

Leer, obligar o no obligar, he ahí la cuestión (V) ...


... o qué hacer con la lectura cuando la escuela se mete de por medio (III)

Continúo con los factores que me dejé en la entrada anterior.

La educación del gusto y del criterio del alumno

Como he comentado alguna vez, considero que hay que educar el gusto de los alumnos. Lo mismo que no les daría de comer cualquier cosa, tampoco me gusta darles a leer cualquier cosa. La comida basura o rápida se puede permitir de vez en cuando, pero no como dieta sana y habitual. También hay que procurar que sea variada, como la comida, para que no les falten proteínas, ni vitaminas, ni sales minerales que alimenten y amplíen su cerebro.

La elección de un libro no incluye sólo el punto de vista temático, sino también el formal. Pienso que conviene procurar ir introduciendo textos con alguna complejidad narrativa, espacial, temporal que enriquecerán su horizonte expresivo y comprensivo. Esto hay que hacerlo con cautela porque hay alumnos que si los sacas de la técnica clásica de planteamiento-nudo-desenlace, se desorientan y no siguen la trama, por lo que pierden el interés por el libro.

Cada vez más profesores dan a elegir títulos entre una lista previamente seleccionada, aunque esto suelen hacerlo como segunda lectura de la evaluación, es decir, después de haber puesto una común para todos. Yo me inclino por esta tendencia, pero desde el principio, que cada uno elija el libro que vaya acorde con su gusto, con su personalidad, o con su capacidad lectora. Prefiero que lean, aunque lo que elijan no sea de mucha calidad, a que abandonen el que tú has propuesto en un rincón. Incluso les dejo cambiar de libro si el que eligieron en un principio o el que yo he mandado no les gusta.

Si queremos que se familiaricen con otras lecturas que a nosotros nos parecen más apropiadas, se pueden leer en el aula, aunque no se terminen. Por lo menos, eso que tienen leído, y, si alguno se anima a terminarlo, pues ya hemos ganado mucho. Está bien que lean lo que a ellos les gusta, que no condicionemos su lectura hasta tal punto que le cojan manía, pero, también hay que probar a descubrirles mundos nuevos y desconocidos, o, simplemente necesarios, a los que puede que no lleguen si alguien no se los muestra.

Conseguir una lectura reflexiva y crítica

Desde hace unos diez años, trabajo bastante la opinión personal, desde primero de la ESO. Pero hay que ayudarles con unas pautas, porque, salvo excepciones, es algo que les cuesta bastante. A principio de curso, les explico en qué consiste una opinión personal, les doy trucos y modelos, y errores que deben evitar.

Además, les facilito un guión de diez puntos a partir de los que evalúo la redacción, y les dejo elaborarla en casa, antes o después del examen. Pueden subir la nota con la buena presentación y ortografía. Hay alumnos a los que se les da mal o que no se esfuerzan, pero otros que lo hacen francamente bien, y da gusto comprobar cómo evolucionan, especialmente si les puedes hacer el seguimiento a lo largo de varios cursos.

Yo les insisto en que la nota no es mejor si les gusta el libro, sino que depende de que sepan argumentar correctamente su opinión, sea favorable o no al libro.

P.D. Después de escribir y releer las tres entradas con las que doy por zanjado de momento el asunto, me pregunto, y si en Primaria me parece perjudicial obligar a leer, ¿por qué no en Secundaria? Quizás porque llega un momento en que si el alumno no ha cogido el gusto, ya es casi imposible que coja el hábito sin obligarlo.

Continuará...
Entradas anteriores sobre la lectura:

miércoles, 5 de febrero de 2014

Leer, obligar o no obligar, he ahí la cuestión (IV) ...

... o qué hacer con la lectura cuando la escuela se mete de por medio (II)

Si algo tengo claro como profesora de Lengua y Literatura es que inculcar el gusto y el hábito por la lectura es uno de mis principales propósitos, y, probablemente, el que más me gusta.

Ahora bien, reconozco que es complicado compaginar la obligatoriedad con el placer.

Mis inicios fueron al más puro estilo tradicional: libro propio juvenil o que se supone del gusto de la juventud (independientemente de los gustos y aptitudes de cada joven), elaboración de una guía de lectura, y examen sobre el libro. Desde que empecé en esta profesión (hará dieciocho años el próximo septiembre) mis ideas y mis métodos al respecto han ido evolucionando.

Una amiga me hizo reflexionar mucho al respecto cuando me contó que una de sus hijas, gran lectora, no podía subir nota porque no leía los libros que la bibliotecaria del colegio proponía para tal fin, sino otros que a ella le gustaban más, y que eran incluso más "gordos", así que en el rato obligatorio de biblioteca acaba leyendo el libro más delgado de los que le proponían para poder acabar pronto y dedicarse a las lecturas que realmente le gustaban. Pensé, ¿es que estamos locos o qué?, ¿cuál es la finalidad de poner nota por leer libros?, ¿por qué obligarlos a leer los libros que nosotros queremos que lean, cuando el objetivo es que les guste la lectura?

Quiero aclarar que yo soy profesora de Secundaria, no de Primaria, campo en el que no tengo experiencia como profesional, sólo como madre. Opino que la obligatoriedad en Primaria es muy peligrosa y hay que saber hacerlo muy bien, porque es el terreno que estamos abonando para un futuro lector, o no. Obligar a  leer, y a elaborar fichas a niños que están iniciándose en la lecto-escritura me parece arriesgarse a que aborrezcan la lectura, además de a que no adquieran correctamente la destreza. Pienso que en el primer ciclo de Primaria (e incluso en el segundo), que los niveles de adquisición de esta capacidad son tan diferentes entre los niños, no hay necesidad de elaborar fichas; tanto la habilidad como la comprensión lectora de un niño se pueden trabajar y comprobar con lecturas cortas que se realicen en clase. Si realmente se quiere estimular la lectura, hay muchas formas de conseguirlo: bibliotecas de aula, diez o quince minutos de lectura al día, préstamo de libros entre compañeros, lectura expresiva de un libro por parte de la profesora, lecturas en grupo, visitas semanales a la biblioteca del centro, lectura al aire libre...

En un esfuerzo de acotar el tema repasaré los factores que lo condicionan a mi parecer: la elección del libro, la comprobación de la lectura, y su evaluación, la educación del gusto y del criterio del alumno, no sólo mecánica, la lectura de obras literarias, y los distintos tipos de lectores y de capacidad que vamos a encontrar entre los alumnos.

La elección del libro:

En los institutos de Secundaria, a principio de curso, se pacta entre los profesores del Departamento qué libros proponer para cada nivel. El criterio que se sigue depende lógicamente de la postura de los distintos miembros del Departamento, y de que se pongan de acuerdo entre ellos.

Mi postura es elegir libros amenos que ilustren temas sociales, si se puede, o determinadas épocas de la historia para que los alumnos estén informados, que, además den pie a reflexionar y a debatirlos en el aula. Procuro que el libro me haya gustado previamente a mí para poder vender mejor el producto y engatusarlos; me resulta difícil convencer a alguien de que lea algo que a mí no me atrae ni me ha dicho nada.

A veces, las editoriales te ofrecen un encuentro con los autores, que es una actividad muy interesante, y se ponen uno o varios de los libros de acuerdo a este criterio. Pero, en mi opinión, si el libro no es bueno, no sé hasta qué punto merece la pena la visita del autor.

Otra opción es elegir libros que sabes que van a gustar a los alumnos aunque su calidad literaria no sea buena.

La comprobación de la lectura, y su evaluación:

A ver, aclaremos un dato importante que condiciona la mayor parte del problema: el profesor quiere comprobar que el alumno se ha leído el libro para poder evaluar su esfuerzo. Por ello, lógicamente, el profesor tiene que haberlo leído previamente. Esto supone que si manda un libro diferente acorde al gusto y a la capacidad de  cada alumno, tiene que haberse leído todos esos libros, y elaborar una prueba para cada uno. A esto, hay que sumar que los profesores de instituto pueden cambiar con frecuencia de centro, y la bibliografía varía mucho de unas bibliotecas y de unos departamentos a otros.

Hace ya unos diez años que suprimí las guías o trabajos de lectura porque me parece una manera de sobrecargar al alumno con trabajo, y anular su posible cariño hacia el libro. Lo que sí que me gusta hacer es empezar el libro entre todos en el aula. Lo leo en voz alta para encandilar al público si se deja. Cuando ya están familiarizados, lo leen por turnos, pero, a menudo, me piden que siga yo porque se enteran mejor al darle una entonación más adecuada. Para que cojan el hábito, pactamos un día o dos de lectura a la semana, para seguir leyéndolo. Les pongo un tope, y empezamos a partir de ese punto. Algunos no lo han leído, otros han leído más allá, y otros hasta la marca pactada. Cuando el ritmo de lectura se descompensa entre unos y otros, cada uno lee en silencio.

Según van avanzando, fijamos la fecha del examen.

Antes, elaboraba el examen con ocho preguntas breves o largas a desarrollar, que valían un punto cada una, y una opinión personal, que vale dos puntos. Pero me di cuenta de que había alumnos que yo sabía que habían leído el libro, y suspendían porque no sabían hacer bien el examen. Me daba mucha rabia, y, a ellos, más todavía. Así que empecé a elaborar exámenes tipo test, y mantengo el veinte por ciento de la opinión personal.

Otra manera de hacer la comprobación, pero más difícil de evaluar, es mediante exposiciones orales del libro que se han leído. Está bien que sea una vez al trimestre, si se puede, y así se aprovecha para que escojan libros de los que no tengo prueba escrita o que son populares entre los adolescentes.

Sé que hay alumnos que no terminan la lectura, o que van al examen habiendo leído un resumen que han copiado de Internet, pero, lo siento, es su problema, no el mío, soy profesora, no policía. Si aprueban con ese método, y yo no me doy cuenta, "mejor" para ellos. Siempre habrá alumnos que sí han aprovechado la lectura,  o que han logrado completarla. Aunque lo intento, soy consciente de que no lo puedo conseguir con todos.

No hay nada que me satisfaga más que saber que he ayudado a un alumno a aficionarse a la lectura, o a leer su primer libro completo (y con qué orgullo te lo cuentan), o a estimular a los que ya tenían la afición.

Continuará...
Entradas anteriores sobre la lectura: