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viernes, 30 de octubre de 2015

Un relato propio


LUNES SINIESTRO

Nacho 
La idea le empezó a rondar cuando vio por primera vez aquel anuncio en  la televisión. Era el coche perfecto para él, con todas las prestaciones que buscaba. Desde que se le metió en la cabeza, no paraba de encontrar pegas a su coche actual. Al montarse, al maniobrar, al acelerar, al frenar, al llevar a la familia… Ya era insuficiente para él, y cualquier día le daba un disgusto. Los tiempos han cambiado, no es como antiguamente que tirabas con el coche hasta que reventaba. Además, ahora con esto de la electrónica y la obsolescencia programada ya no se hacen coches como los de antes. Mira a los americanos, lo cambian cada poco tiempo, y son la primera potencia mundial… Por algo será.

En su cabeza, construía múltiples razones que argumentaba con brillantez en cuanto le surgía la ocasión ante sus compañeros de trabajo o sus amigos, y ante su mujer. Ella ya se iba haciendo a la idea de que algún día tendrían que comprar uno nuevo, era inevitable. Con los niños, contaba los vehículos de ese modelo que veían por la calle, y comentaban qué color les gustaba más. Había buscado información y opiniones en la red que le hacían reafirmarse en su buen criterio y guardaba con mimo todos los enlaces y ofertas especiales esperando la gran oportunidad. 

Luego, llegó el anuncio de radio de la nueva campaña. Un padre de familia, con gran aplomo y seguridad, le recuerda todas las mañanas, entre las noticias locales y nacionales, mientras se afeita, que hay uno a su disposición en el concesionario más próximo. Esa misma mañana lo ha vuelto a escuchar, y con la musiquilla fresca en su memoria, se despide de Viqui y de los niños, y coge la cartera junto con las llaves del viejo Fiat para acudir al trabajo. Como cada día a esas horas, un lunes más, una semana más.

Carmen 
No puede creerlo. Ella se había encargado de todo: de comparar seguros, de indagar en unas y otras compañías, bien por teléfono o en persona, de anular el antiguo seguro… A él le había hecho un pequeño encargo, muy fácil: mandar el número de cuenta a la nueva compañía. No era tan complicado. Pues no, no sabe qué demonios ha sido más importante que eso para que Ricardo lo olvide, hasta le había dejado un recibo con el número de cuenta.  A ver qué hacía ahora, porque ya había expirado el contrato anterior, así que estaban sin seguro, y a ella no le quedaba más remedio que coger el coche; tenía que acudir a esa cita en el hospital, y luego ir al trabajo y hacer la compra a la salida. Necesitaba el coche sin remedio; no iba a tener tan mala suerte de que la parasen justo ese día ni de darse un golpe.

Parece que lo hace para fastidiarla, como aquella vez que olvidó recoger la tarta por el primer cumpleaños de Andrés. Ella había ido a la pastelería, la había elegido, la había pagado, él sólo tenía que recogerla… pues llegó a casa sin la tarta. ¡Vaya decepción se podía haber llevado el chiquillo! Menos mal que todavía no se enteraba. Y luego con decir que ella es una exagerada, y que no es para tanto, cree que lo arregla todo. Sólo lo pone peor. Le entra una impotencia por dentro que parece que va a estallar. ¿Por qué no puede poner un poco más de atención? No es tan difícil, ella lo hace. Él, con su bicicleta, sus plantas y sus puzles tiene bastante, tanto que parece que no le cabe otra cosa en la cabeza. Si fuese algo para su dichosa bicicleta no se le habría olvidado. Parece que quiere más a ese trasto que a su propia familia. ¿O es que el seguro del coche no es importante? Fijo que ni se acuerda de que ella va al médico, con lo molesta que ha estado con los dolores de hombro; tiene la cita desde hace tiempo. Ya verás, ¿a que no le pregunta nada?; pues no se lo piensa recordar. Sin embargo, ella bien que se preocupó cuando él se cayó de la bici y se dio aquel golpetazo en las costillas. Bien que le ponía calor, y frío, pomada, lo que hiciera falta. Es un desagradecido, nunca le pregunta qué tal está.

Los pensamientos de Carmen dan vueltas uno tras otro como un torbellino en su cabeza desde que cerró la puerta de casa. Al llegar al coche, está tan alterada que no encuentra la llave, lo que faltaba, ¿a que encima se la ha llevado él? ¿Es que es tonto o qué? ¿Es que además de no pagar el seguro no sabe que ella coge todos los días el coche? Pues claro que lo sabe, pero, no se preocupa más que de lo que le interesa. Busca en el bolso, en todos los bolsillos y rincones, en la chaqueta, en la cartera; nada, ¿a que se la ha llevado? Y ahora, ¿qué va a hacer? ¿Cómo va a llegar al médico? ¿Y si pierde la cita? ¿Cómo va luego al trabajo y a la compra? No tienen nada para cenar. Ya va a llamarle por teléfono para cantarle las cuarenta, pero, al meter la mano en el bolsillo del pantalón para coger el móvil, toca algo frío y redondeado… ¡la llave! Puf, menos mal.

Le tiembla el pulso, y tiene la boca seca. Con tanta tontería se le va a hacer tarde, y todavía tiene que aparcar, con lo mal que se aparca en el hospital… Abre la puerta, y se monta a la vez que arroja el bolso al asiento del copiloto. Mete la llave en el contacto y arranca; sus manos se aferran al volante, e intenta respirar profundamente para liberar tensión; se le escapa una risa nerviosa… ¡vaya comienzo de semana! De repente, una idea se hace paso en la cabeza, ¡no ha cogido las bolsas de la compra!, ni la de los congelados, ¡tiene que subir a por ellas! Pone punto muerto y se dispone a salir… ¿y las llaves de casa? Las busca desesperadamente en la selva interior del bolso. Bueno, venga, sube rápido, y coge las bolsas, no es para tanto. Es un momento; total, en las consultas siempre van con retraso, sólo falta que por una vez sean puntuales...

Sale del coche con el bolso en el hombro y las llaves en la mano; corre hacia el portal, es un minuto, no tarda nada, el tiempo que le cueste coger el ascensor.

El Opel
Nacho sale del portal silbando la canción del anuncio de la radio a la vez que balancea la cartera y menea la cabeza animosamente. Ve el Fiat verde esperándole en el aparcamiento, fiel a su cita de cada mañana, como todas las semanas. La finca es rectangular y está situada en la parte baja de una zona residencial, a los pies de otras urbanizaciones similares a la suya. 

Carmen aparca siempre su Opel en la rampa que baja desde la casa hacia el jardín comunitario. 
Cuando ella se apea y echa a correr, el vehículo empieza a rodar cuesta abajo; primero despacito, sin apenas hacer ruido, pero, a medida que desciende, va cogiendo velocidad. El coche atraviesa el jardín, rueda por encima del césped y choca contra el muro que separa las fincas vecinas. El muro no lo detiene, sino que se derrumba a causa del golpe, y, como en una película de acción, el Opel vuela tres metros hasta que cae, con todo el peso de su chasis y de su chapa, sobre un Fiat verde aparcado abajo.

Nacho y Carmen
Nacho deja de silbar, el baile de su cartera se detiene… Levanta la vista con incredulidad. ¿Qué es eso que baja por el jardín de los vecinos? ¿Es un coche? ¿Pero cómo es posible? ¿En qué demonios estará pensando el conductor? ¿Estará borracho? ¿Le habrá dado algo? Pero… ¡si no hay conductor! El coche choca contra el muro que separa las dos fincas, lo rompe, y cae… El techo de su Fiat se hunde bajo la bala de chapa y los ladrillos del muro. ¡Oh, no…! ¡Qué mala suerte! ¡Ya es casualidad! Inmediatamente, una idea se abre paso en su cabeza. Mala suerte, buena suerte… ¿Acaso no estaba esperando esa oportunidad? No puede reprimir una sonrisilla maliciosa cuando piensa en el dinero que se va ahorrar gracias al siniestro.

A Carmen le bombea la sangre en los oídos cuando alcanza el portal. Algo le hace detener la llave en el aire. Recuerda cómo ha encajado la palanca en punto muerto, pero no recuerda haber tirado del freno de mano. Se gira rápidamente. El Opel está rodando ya por el jardín. Echa a correr cuesta abajo; llega justo a tiempo para ver cómo el utilitario se precipita hacia abajo a través del muro. Cae sobre sus rodillas sobre el césped, a duras penas sujetando el bolso; hunde la cabeza entre las manos… ¡Oh, no! ¿Cómo ha podido ser tan torpe?

Un golpe de ira le sube por dentro; se incorpora con la mirada endurecida… ¡Maldita sea! La culpa de todo la tiene Ricardo. Si hubiera pagado el seguro, no habría ocurrido…

Esta vez, le invade el pánico, que se refleja en su rostro. ¡Oh, no! ¡El seguro!

(Inspirado en una noticia del periódico)

lunes, 26 de diciembre de 2011

Cuentos de invierno


Este año, el Ampa del cole ha organizado un concurso de cuentos de invierno. Al principio, creí que mis hijos no iban a querer participar, pero se lo tomaron con un entusiasmo inesperado para mí. Enseguida, empezaron a escoger personajes, a pensar la historia, a elegir el material que iban a usar para adornar las ilustraciones...

Coincidió, además, que Jaime estuvo enfermo esos días, y no paró de ensayar dibujos de pandas día y tarde. Jesús lo tenia muy claro, y apenas se dejó aconsejar.

Los dos doblaron limpiapipas, extendieron purpurina, recortaron cartulinas, se pegaron los dedos con pegamento, arrugaron papel de seda, escribió cada uno lo que pudo. Y hasta recuperaron los sellos de imprenta que usaba un abuelo de mi padre para los letreros de una tienda que tenía.

No ganaron el premio, porque dieron prioridad a los que no les había ayudado ningún adulto, pero estoy muy orgullosa por la implicación, el entusiasmo y la creatividad de los dos.

Aquí os dejo los cuentos. Siento que algunas fotografías sean un poco malas, porque no tenía ganas de retocarlas. Pero creo que os podéis hacer una idea.




sábado, 13 de agosto de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

El cuento de la mamá que desapareció

Dedicado a todas las madres, abuelas, e incluso papás, que hayan tenido alguna vez esta sensación.

Se advierte que tanto los personajes como los hechos que aparecen en este cuento son ficticios.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Érase una vez una familia que tenía dos hijos: Jenaro y Jacinto, dos niños guapísimos y encantadores. Todos se querían mucho: papá y mamá se querían; Jenaro y Jacinto se querían; papá quería a Jenaro y a Jacinto; mamá quería a Jenaro y a Jacinto; Jenaro y Jacinto querían a papá y a mamá… pero, no se sabe por qué, los dos niños, llamaban a todas horas a… mamá.

Mamá es una de las palabras más dulces y hermosas del mundo, pero si se abusa de ella, se puede gastar.
Colorful+Cosmos
'La mamá de los pollitos'
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Desde que se despertaban: mamá. “Mamá, pis” “Mamá, mocos” “Mamá, galletas” “Mamá, la leche” “Mamá, ¿me lavas la cara?” “Mamá, ¿podemos comer chuches?” “Mamá, ¿podemos ver una película?” “Mamá, ¿qué es una ambulancia Pinzgauer?” “Mamá, ¿podemos pegar pegatinas?” “Mamá, Jacinto se ha subido encima de mi espalda” En el coche, “Mamá, ¿jugamos al veo-veo?” “Mamá, ¿qué es eso que se ve ahí?” “Mamá, tengo sed” “Mamá, ¿por qué ese coche ha pasado en rojo?” “Mamá, ¿por qué la luna nos sigue?” Y, por supuesto, la pregunta estrella: "Mamá, ¿cuándo llegamos?" Pero, no contentos con gastarle el nombre por el día, Jacinto, también tenía esta costumbre por la noche, e incluso, varias veces: a las doce, a las dos, a las cuatro, a las seis… “¡¡¡QUIERO MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!”

La situación llegó a tal punto, que la mamá ya no podía más, y cada vez que Jenaro o Jacinto pronunciaban su nombre, mamá empezó a hacerse más pequeña. En medio de una pelea entre los dos hermanos, la llamaron tanto, que mamá empezó a encoger, a encoger, y a encoger... Como ellos se dieron cuenta, se asustaron, y empezaron a gritar: “¡Mamá, mamá, mamá, mamá, mamá!”, de tal manera, que la pobre Belinda (que así se llamaba su mamá, porque realmente era muy, muy linda) se hizo más y más pequeña hasta que ¡despareció!, ¡plaf!

Golden+Gate
'Búscame, voy a desaparecer'
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Jenaro y Jacinto se quedaron paralizados en el sitio, no podían articular palabra, hasta que comprendieron lo que había pasado y los dos juntos gritaron un gran “¡MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!”.

Entonces, Jenaro, que era el mayor, se sentó en el suelo con Jacinto y, muy triste, le dijo: “Jacinto, mamá ha desparecido porque le hemos gastado el nombre. Tenemos que encontrar una solución para que regrese, y no vuelva a desaparecer” Jacinto, que estaba a punto de echarse a llorar, contestó: “Yo quiero que vuelva mamíta, haré lo que sea” Jenaro, muy resuelto, le pidió a Jacinto que empezasen a decir soluciones. “Llamar a papá en vez de a mamá”, sugirió Jacinto, abriendo mucho los ojos porque había tenido una gran idea. Jenaro apuntó: “Muy buena idea, Jacinto, pero he pensado que tú y yo ya no somos bebés, sabemos hacer muchas cosas nosotros solos sin que nos tengan que ayudar ni mamá ni papá. Vamos a decir todo lo que sabemos hacer cada uno solo. Yo sé vestirme, hacer pis y caca, lavarme la cara y los dientes, leer, ayudar, coger las cosas que necesito de la cocina, dormir, coger el teléfono, poner el DVD, exprimir las naranjas…” Y Jacinto, emocionado, añadió “Y yo sé vestirme, lavarme los dientes, hacer pis, comer, ponerme los zapatos…” Y los dos, muy satisfechos, se miraron el uno al otro y exclamaron “¡Qué de cosas sabemos hacer!”

Pensaron que si su mamá estuviese allí con ellos, ya no volvería a desaparecer porque se pondría muy contenta de ver todas las cosas que podían hacer sin que ella tuviese que ayudarlos. Pero, claro, había desaparecido, ¿cómo podían conseguir que regresase? Cuando papá Federico (que era muy, muy guapo) volvió del trabajo, le contaron lo que había pasado. Los tres se acordaron de todos los cuentos de magos, brujas, y encantamientos que habían leído, cogieron una foto de mamá, se agarraron muy fuerte de las manos, cerraron los ojos, los apretaron mucho, y se inventaron un conjuro: “Abra, cadabra, mamá, mamaíta, vuelve con nosotros, y tu nombre no volveremos a gastar jamás” Abrieron un ojo, pero nada… Será que no lo habían dicho con la fuerza suficiente, así que gritaron más alto: “Abra, cadabra, mamá, mamaíta, vuelve con nosotros, y tu nombre no volveremos a gastar jamás” Abrieron el otro ojo, por si acaso con el primero no habían visto bien… pero nada.

¿Qué estaban haciendo mal? ¿Qué podían hacer? Pensaron y pensaron hasta que su papá les preguntó: “A ver, ¿qué es lo que les gusta mucho a las mamás?” Y Jenaro contestó: “Que obedezcamos, que ayudemos, que compartamos, que nos queramos” “Sí, eso está muy bien, dijo papá, pero, hay algo que les gusta por encima de todo, y que hace que se pongan muy contentas por muy enfadadas que estén” Jacinto, feliz por haber dado con la solución gritó “¡Los besos y los abrazos!” “¡Sííííííí!” gritaron los tres a coro.

Volvieron a cogerse las manos y a cerrar los ojos, y repitieron juntos: “Abra, cadabra, mamá, mamaíta, vuelve con nosotros, y tu nombre no volveremos a gastar jamás. Ayudaremos, compartiremos, obedeceremos y de besos y abrazos te llenaremos” Esta vez, estaban tan seguros que abrieron los dos ojos, pero… ¡tampoco funcionó!

Smouldering+Heart+of+the+Blues
'Smouldering Heart of the Blues'
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¿Qué había fallado? Jenaro y Jacinto miraron a su alrededor; cuando sus ojos se encontraron, sabían que estaban pensando lo mismo. Se levantaron a la vez y corrieron juntos hacia un jarrón lleno de flores frescas que había en una estantería. Papá, muy orgulloso de sus hijos, dijo “Claro, qué buena idea, a las mamás les encantan las flores” Colocaron el jarrón en el centro, juntaron sus manos de nuevo, cerraron los ojos y repitieron una vez más: “Abra, cadabra, mamá, mamaíta, vuelve con nosotros, y tu nombre no volveremos a gastar jamás. Ayudaremos, compartiremos, obedeceremos y de besos y abrazos te llenaremos”.

Cuando esta vez abrieron los ojos, entre las flores, había aparecido mamá, pero todavía era muy, muy pequeñita. Papá, la cogió delicadamente entre las manos, le dio un beso, y se la pasó a Jenaro, que le dio otro beso, y, luego, a Jacinto, que le dio otro beso. Así, se la fueron pasando unos a otros; con cada beso, mamá iba creciendo un poco más, y un poco más, y un poco más; mientras, le contaban todo lo que habían descubierto que sabían hacer. Papá Federico le prometió que él procuraría estar más atento, para acudir algunas de las veces que dijesen “Mamá”, aunque Belinda le reconoció que ya lo hacía a menudo.

Belinda iba creciendo más y más con todo el amor de su familia, hasta que, por fin, recuperó su tamaño original. Entonces, fue ella quien dándoles un fuerte abrazo a cada uno, los cubrió de besos a los tres, muy contenta por haber regresado. Y, todos juntos, se dieron un gran abrazo de familia, felices por haber recuperado a mamá.



P.D. Se cuenta que mientras la autora escribía esta historia, no se sabe qué pasó que, de repente, desaparecieron todas las letras del cuento en el ordenador, y casi le da un SÍNCOPE. ¿Será también cosa de encantamiento? ¿Será una señal? En tal caso... ¿de qué?

miércoles, 1 de junio de 2011

El punto

Bonito cuento infantil, muy conocido en las aulas de la UP, cuya reflexión sirve para niños y para adultos. 
En la vida, como nos explica Pescetti al principio, nos cuesta emprender tareas que no sabemos por dónde empezar, o cuyos primeros resultados distan mucho de lo que esperábamos, por lo que es probable que nos desanimemos, y tiremos la toalla de antemano.
A los niños, les puede ayudar a afrontar la frustración, cuya resistencia es tan importante en la formación del carácter.
Este sencillo cuento nos da una importante lección:

"Haz una marca y mira a ver a dónde te lleva"

Como dice el libro de El secreto, del que hablaré algún día, cuando vas conduciendo en un largo viaje de noche, las luces delanteras sólo iluminan unos 30 o 60 metros; y lo único que tienes que hacer para completar el viaje es ver los 30 0 60 metros de delante.
O lo que es lo mismo: todo gran viaje empieza con un paso.


lunes, 16 de mayo de 2011

Amistad


Hace mucho tiempo que me llegó este bonito cuento sobre la amistad. Como la presentación no ha quedado muy lucida, lo ambiento con una canción un poco melancólica, pero que me encanta, en versión de grandes voces femeninas: You've got a friend.

martes, 3 de mayo de 2011

Las apariencias engañan

Si no se puede ver esta presentación, u otras,  se recomienda usar, el explorador Mozilla Firefox o Google Chrome.

sábado, 19 de marzo de 2011

Cambiar con las dificultades

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Hace tiempo que quería dejar aquí almacenado un cuento que oí hace unos meses, y que me gustó mucho.
El otro día, al leer estas bonitas palabras en el blog de Uno entre cien mil, me acordé nuevamente de él:

“Esto ha pasado para algo” y a partir de ahora “el camino se tiene que convertir en uno en el que todos podamos sacar algo positivo”. “No quiero que nadie recuerde esto como una pesadilla, lo que busco es que sirva para algo”.


“El nombre de Uno entre cien mil no es porque esto le ocurra a tres de cada cien mil niños, sino por darle la vuelta a ese concepto, Guzmán es un niño que va a superar esto como otros cien mil no tienen necesidad de hacer, y por eso en su vida sacará adelante lo que cien mil no puedan.”

“Este blog es una terapia, está suponiendo un asumir y aceptar pero con un construir positivo. El objetivo es que todos los que rodeamos a Guzmán construyamos palabras, pensamientos, un futuro y un presente positivo. Construir pilares sanadores. Que Guzmán vea en esto una historia de superación, una batalla que ha superado”.


La resiliencia, según la RAE, es la "Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas".

ZANAHORIAS, HUEVO, CAFÉ
Una hija se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.
Carrot+Flower
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Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.
A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un recipiente. Sacó los huevos y los colocó en otro. Coló el café y lo puso en un tercer recipiente. Mirando a su hija le dijo: "Querida, ¿qué ves?". "Zanahorias, huevos y café", fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

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Humildemente la hija preguntó: "¿Qué significa esto, padre?". Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: ¡agua hirviendo!, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua siendo fuerte y dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.
El huevo había llegado al agua siendo frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.
"¿Cual eres tú?", le preguntó a su hija. "Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?"
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'Coffee Love (FI-20473)'
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Y hoy te lo pregunto yo a ti... ¿Cómo eres tú, mi querido amigo? ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza? ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable? ¿Poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, un divorcio o un despido te has vuelto duro y rígido? Por fuera te ves igual, pero... ¿eres amargado y áspero, con un espíritu y un corazón endurecido? ¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviente, el elemento que le causa dolor. ¡Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor! Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor... ¡tú reaccionas mejor! y haces que las cosas a tu alrededor mejoren. ¿Cómo manejas la adversidad? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café? Piénsalo...
Fuente: http://www.crecimiento-personal.com

Esto es lo que comentaba una compañera de la UP, a la que la vida la ha puesto a prueba con una de las peores, después de leerlo:

Desgraciadamente, no tengo el truco para hacer ese café tan estupendo. Está claro que, ante la adversidad, no he conseguido nada más que ser primero una zanahoria frágil y fácil de deshacer, para, después, volverme un huevo endurecido. Confío que, con el tiempo, tenga la fortaleza necesaria para poder ser ese café capaz de conseguir que esa agua hirviendo, no le haga tanto daño.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Las babuchas


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Es una historia sacada de Hijos del ancho mundo, de Abrahm Verghese. La cuenta el padre del protagonista, un personaje muy entrañable, después de salir de la cárcel (kerchele), a la que fue enviado como sospechoso de colaborar en un golpe de estado contra el gobierno etíope.

A ver si encontramos cuáles son nuestras babuchas, y, lo que es más importante, dónde las guardamos para que molesten lo menos posible.








-[…] Uno de mis compañeros de celda, un comerciante, Tawfiq, contó la de Abú Kassim.

Se trataba de un cuento bien conocido por todos los niños africanos: Abú Kassim, un pobre comerciante de Bagdad, había conservado sus maltrechas y remendadas babuchas a pesar de que eran objeto de burla, al punto de que al final ni siquiera él tenía valor para mirarlas. Pero todos sus  intentos de deshacerse de ellas habían acabado fatal. Cuando las tiró por la ventana, fueron a dar contra la cabeza de una mujer embarazada, que abortó. Y encarcelaron a Abú Kassim. Cuando las tiró al canal, atascaron el desagüe principal y provocaron una inundación. Y el hombre volvió a prisión…

-Cuando Tawfiq terminó de contar su historia, otro preso, un anciano sereno y muy digno, comentó:”Abú Kassim habría hecho mejor construyendo una habitación especial para sus babuchas. ¿Por qué intentar deshacerse de ellas? Nunca lo conseguirá”, y se echó a reír, satisfecho por haberlo hecho. Aquella noche murió mientras dormía.

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[…] todos éramos de la misma opinión: el anciano tenía razón. Las babuchas de la historia significan que cuanto ves, haces y tocas, las semillas que siembras o dejas de sembrar, se convierten en parte de tu destino. […] Como no conocí a mi padre, creía que no tenía importancia para mí. Sin embargo, mi hermana sentía su ausencia con tanta intensidad que eso la amargó, al punto de que tenga lo que tenga ahora, o lo que llegue a poseer, nunca será suficiente.- Suspiró-. Compensé la ausencia paterna acumulando conocimiento, habilidades, buscando alabanza. Lo que entendí por fin en Kerchele (la cárcel) es que ni mi hermana ni yo  nos percatamos de que la ausencia de nuestro padre son nuestras babuchas. Para poder empezar a librarte de ellas, tienes que admitir que son tuyas. Y si lo haces, entonces desparecerán solas.

[…] Espero que un día – añadió, suspirando – lo comprendáis con tanta claridad como yo lo entendí en Kerchele. La clave de vuestra felicidad es aceptar vuestras babuchas, lo que sois, vuestro aspecto, a vuestra familia, las dotes que tenéis y las que no tenéis. Si seguís repitiendo que vuestras babuchas no son vuestras, moriréis buscando y amargados, creyendo siempre que os habían prometido más. “No sólo se convierten en nuestro destino nuestras acciones, sino también nuestras omisiones.”


miércoles, 2 de marzo de 2011

El elefante encadenado

Hace tiempo, hablando con una compañera de por qué a veces es tan difícil conseguir motivar a la gente  para mejorar sus propias condiciones de trabajo, ella me dio a conocer este cuento de Jorge Bucay.

¿Cuáles son nuestras estacas particulares? ¿Cuándo dejamos de luchar por liberarnos de ellas?
¿Por qué seguimos atados a pesar de que sabemos que podemos soltarnos?
¿A qué tenemos miedo? ¿Qué hemos aceptado a cambio?

¿Quiero liberarme o me resulta más cómodo permanecer atado?

Me quedo con la moraleja en positivo:

 yo puedo liberarme, sólo tengo que poner en el intento, todo mi corazón.



Pecking+Order
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Cuando yo era chico, me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y, hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera, apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.


El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?

¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.



Hice entonces la pregunta obvia:
–Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.
 

La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
 

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad... condicionados por el recuerdo de «no puedo»...

Tu única manera de saber, es intentar de nuevo, poniendo en el intento todo tu corazón...

JORGE BUCAY, Recuentos para Demián

viernes, 18 de febrero de 2011

El poder de la palabra

Dedicado, con todo mi cariño, a Marisa y a Sonia


 Un sultán soñó que había perdido todos sus dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.

"¡Qué desgracia, mi señor!", dijo el sabio. "Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad."

"¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Castigadle!", gritó el sultán enfurecido.

Más tarde, el sultán consultó a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al sultán con atención, le dijo:

"¡Excelso señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos tus parientes."

El semblante del sultán se iluminó con una gran sonrisa y ordenó que dieran cien monedas de oro al sabio. Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

"¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo por qué al primero se le pagó con un castigo, y, a ti, con cien monedas de oro."

El segundo sabio respondió:

"Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado."

Aplícate el cuento, Jaime Soler, M. Mercé Conangla