viernes, 30 de octubre de 2015

Un relato propio


LUNES SINIESTRO

Nacho 
La idea le empezó a rondar cuando vio por primera vez aquel anuncio en  la televisión. Era el coche perfecto para él, con todas las prestaciones que buscaba. Desde que se le metió en la cabeza, no paraba de encontrar pegas a su coche actual. Al montarse, al maniobrar, al acelerar, al frenar, al llevar a la familia… Ya era insuficiente para él, y cualquier día le daba un disgusto. Los tiempos han cambiado, no es como antiguamente que tirabas con el coche hasta que reventaba. Además, ahora con esto de la electrónica y la obsolescencia programada ya no se hacen coches como los de antes. Mira a los americanos, lo cambian cada poco tiempo, y son la primera potencia mundial… Por algo será.

En su cabeza, construía múltiples razones que argumentaba con brillantez en cuanto le surgía la ocasión ante sus compañeros de trabajo o sus amigos, y ante su mujer. Ella ya se iba haciendo a la idea de que algún día tendrían que comprar uno nuevo, era inevitable. Con los niños, contaba los vehículos de ese modelo que veían por la calle, y comentaban qué color les gustaba más. Había buscado información y opiniones en la red que le hacían reafirmarse en su buen criterio y guardaba con mimo todos los enlaces y ofertas especiales esperando la gran oportunidad. 

Luego, llegó el anuncio de radio de la nueva campaña. Un padre de familia, con gran aplomo y seguridad, le recuerda todas las mañanas, entre las noticias locales y nacionales, mientras se afeita, que hay uno a su disposición en el concesionario más próximo. Esa misma mañana lo ha vuelto a escuchar, y con la musiquilla fresca en su memoria, se despide de Viqui y de los niños, y coge la cartera junto con las llaves del viejo Fiat para acudir al trabajo. Como cada día a esas horas, un lunes más, una semana más.

Carmen 
No puede creerlo. Ella se había encargado de todo: de comparar seguros, de indagar en unas y otras compañías, bien por teléfono o en persona, de anular el antiguo seguro… A él le había hecho un pequeño encargo, muy fácil: mandar el número de cuenta a la nueva compañía. No era tan complicado. Pues no, no sabe qué demonios ha sido más importante que eso para que Ricardo lo olvide, hasta le había dejado un recibo con el número de cuenta.  A ver qué hacía ahora, porque ya había expirado el contrato anterior, así que estaban sin seguro, y a ella no le quedaba más remedio que coger el coche; tenía que acudir a esa cita en el hospital, y luego ir al trabajo y hacer la compra a la salida. Necesitaba el coche sin remedio; no iba a tener tan mala suerte de que la parasen justo ese día ni de darse un golpe.

Parece que lo hace para fastidiarla, como aquella vez que olvidó recoger la tarta por el primer cumpleaños de Andrés. Ella había ido a la pastelería, la había elegido, la había pagado, él sólo tenía que recogerla… pues llegó a casa sin la tarta. ¡Vaya decepción se podía haber llevado el chiquillo! Menos mal que todavía no se enteraba. Y luego con decir que ella es una exagerada, y que no es para tanto, cree que lo arregla todo. Sólo lo pone peor. Le entra una impotencia por dentro que parece que va a estallar. ¿Por qué no puede poner un poco más de atención? No es tan difícil, ella lo hace. Él, con su bicicleta, sus plantas y sus puzles tiene bastante, tanto que parece que no le cabe otra cosa en la cabeza. Si fuese algo para su dichosa bicicleta no se le habría olvidado. Parece que quiere más a ese trasto que a su propia familia. ¿O es que el seguro del coche no es importante? Fijo que ni se acuerda de que ella va al médico, con lo molesta que ha estado con los dolores de hombro; tiene la cita desde hace tiempo. Ya verás, ¿a que no le pregunta nada?; pues no se lo piensa recordar. Sin embargo, ella bien que se preocupó cuando él se cayó de la bici y se dio aquel golpetazo en las costillas. Bien que le ponía calor, y frío, pomada, lo que hiciera falta. Es un desagradecido, nunca le pregunta qué tal está.

Los pensamientos de Carmen dan vueltas uno tras otro como un torbellino en su cabeza desde que cerró la puerta de casa. Al llegar al coche, está tan alterada que no encuentra la llave, lo que faltaba, ¿a que encima se la ha llevado él? ¿Es que es tonto o qué? ¿Es que además de no pagar el seguro no sabe que ella coge todos los días el coche? Pues claro que lo sabe, pero, no se preocupa más que de lo que le interesa. Busca en el bolso, en todos los bolsillos y rincones, en la chaqueta, en la cartera; nada, ¿a que se la ha llevado? Y ahora, ¿qué va a hacer? ¿Cómo va a llegar al médico? ¿Y si pierde la cita? ¿Cómo va luego al trabajo y a la compra? No tienen nada para cenar. Ya va a llamarle por teléfono para cantarle las cuarenta, pero, al meter la mano en el bolsillo del pantalón para coger el móvil, toca algo frío y redondeado… ¡la llave! Puf, menos mal.

Le tiembla el pulso, y tiene la boca seca. Con tanta tontería se le va a hacer tarde, y todavía tiene que aparcar, con lo mal que se aparca en el hospital… Abre la puerta, y se monta a la vez que arroja el bolso al asiento del copiloto. Mete la llave en el contacto y arranca; sus manos se aferran al volante, e intenta respirar profundamente para liberar tensión; se le escapa una risa nerviosa… ¡vaya comienzo de semana! De repente, una idea se hace paso en la cabeza, ¡no ha cogido las bolsas de la compra!, ni la de los congelados, ¡tiene que subir a por ellas! Pone punto muerto y se dispone a salir… ¿y las llaves de casa? Las busca desesperadamente en la selva interior del bolso. Bueno, venga, sube rápido, y coge las bolsas, no es para tanto. Es un momento; total, en las consultas siempre van con retraso, sólo falta que por una vez sean puntuales...

Sale del coche con el bolso en el hombro y las llaves en la mano; corre hacia el portal, es un minuto, no tarda nada, el tiempo que le cueste coger el ascensor.

El Opel
Nacho sale del portal silbando la canción del anuncio de la radio a la vez que balancea la cartera y menea la cabeza animosamente. Ve el Fiat verde esperándole en el aparcamiento, fiel a su cita de cada mañana, como todas las semanas. La finca es rectangular y está situada en la parte baja de una zona residencial, a los pies de otras urbanizaciones similares a la suya. 

Carmen aparca siempre su Opel en la rampa que baja desde la casa hacia el jardín comunitario. 
Cuando ella se apea y echa a correr, el vehículo empieza a rodar cuesta abajo; primero despacito, sin apenas hacer ruido, pero, a medida que desciende, va cogiendo velocidad. El coche atraviesa el jardín, rueda por encima del césped y choca contra el muro que separa las fincas vecinas. El muro no lo detiene, sino que se derrumba a causa del golpe, y, como en una película de acción, el Opel vuela tres metros hasta que cae, con todo el peso de su chasis y de su chapa, sobre un Fiat verde aparcado abajo.

Nacho y Carmen
Nacho deja de silbar, el baile de su cartera se detiene… Levanta la vista con incredulidad. ¿Qué es eso que baja por el jardín de los vecinos? ¿Es un coche? ¿Pero cómo es posible? ¿En qué demonios estará pensando el conductor? ¿Estará borracho? ¿Le habrá dado algo? Pero… ¡si no hay conductor! El coche choca contra el muro que separa las dos fincas, lo rompe, y cae… El techo de su Fiat se hunde bajo la bala de chapa y los ladrillos del muro. ¡Oh, no…! ¡Qué mala suerte! ¡Ya es casualidad! Inmediatamente, una idea se abre paso en su cabeza. Mala suerte, buena suerte… ¿Acaso no estaba esperando esa oportunidad? No puede reprimir una sonrisilla maliciosa cuando piensa en el dinero que se va ahorrar gracias al siniestro.

A Carmen le bombea la sangre en los oídos cuando alcanza el portal. Algo le hace detener la llave en el aire. Recuerda cómo ha encajado la palanca en punto muerto, pero no recuerda haber tirado del freno de mano. Se gira rápidamente. El Opel está rodando ya por el jardín. Echa a correr cuesta abajo; llega justo a tiempo para ver cómo el utilitario se precipita hacia abajo a través del muro. Cae sobre sus rodillas sobre el césped, a duras penas sujetando el bolso; hunde la cabeza entre las manos… ¡Oh, no! ¿Cómo ha podido ser tan torpe?

Un golpe de ira le sube por dentro; se incorpora con la mirada endurecida… ¡Maldita sea! La culpa de todo la tiene Ricardo. Si hubiera pagado el seguro, no habría ocurrido…

Esta vez, le invade el pánico, que se refleja en su rostro. ¡Oh, no! ¡El seguro!

(Inspirado en una noticia del periódico)

6 comentarios:

Severina dijo...

¡Enhorabuena, Blanca! Me ha gustado mucho.

Blanca dijo...

Gracias :-)

JSG dijo...

Buen relato. Bien redactado. Muy original. Moderna estructura. Trepidante desarrollo. Sorprendente desenlace. Felicidades.

Francisco Juntadez Ortiz dijo...

Para cuando el Planeta?

Francisco Juntadez Ortiz dijo...

Para cuando el Planeta?

Blanca dijo...

Jajaja, muy gracioso